INFIERNO VI
Estaba en casa dedicado al dulce oficio de soñar con un carnaval femenino en el que las mozas iban disfrazadas de desnudos boticcelianos. Bailaban como bacantes de provincia interior y, una en concreto, con un tatuaje de un corazón palpitante colocado en su muslo como único ornato, parecía haberse fijado en mí para propósitos indescifrables. Sueña uno cada cosa…Pero fue imposible descubrir hasta donde quería llegar aquella hurí, digna de Sardanápalo. Me despertó de