En esta Nueva Sociedad que está naciendo (otros dicen que esta nueva sociedad está muriendo de asco, pero no les hago caso), decía que en esta Nueva Sociedad que está de parto permanente, las cosas que pasan siempre me recuerdan a mis clases de Economía Política de la Universidad de Santiago de Compostela, campus de Santiago, -aun hay clases-, con el doctor Caramés ligando por los pasillos e intentando convencernos de que en la vida hay que elegir entre mantequillas o cañones. Bendito sea. Saqué un aprobado raspado en el examen, no se crean, en los pasillos no hice nada. Pues, -de aquellas clases magistrales estos barros-, el diagnóstico que saco de lo que ocurre a esta sociedad embrionaria abortiva, es el gráfico de una pirámide invertida que se mantiene a duras penas en equilibrio inestable, apoyada sobre el vértice inferior, bamboleándose peligrosamente, con una amenaza más que real de desplomarse sobre nuestras cabezas, como el cielo sobre los Galos de Asterix. Hay días en que en el vértice estoy yo, ahí abajo, muerto de asco, con la punta de la flecha clavada en el corazón, pero lo más normal es que yo me encuentre en esas capas intermedias entre los que no hacen nada y los que están a punto de dejar de hacer nada pero sin pesar demasiado como plumas al viento, adelgazando por el hastío. Siento que este gráfico que se me aparece en mis pesadillas diurnas y nocturnas es como la estatua de un Atlas diminuto (enanito) que sostiene una bola enorme; como ese enterrador que lleva el ataúd al hombro, él solo, camino del camposanto, y el difunto se le balancea, los zapatos y la cabeza tropezando una y otra vez contra las tablas de pino; y además empieza a llover: los que no trabajan están ahí arriba, tan dormidos que no hay quien los despierte y a los que trabajan, por abajo, les tiemblan las piernas por la presión del peso muerto. En la cúspide, que es la base alta invertida, viven los cuatrocientos mil políticos con sus otros ochocientos mil asesores, sus esposas, sus hermanos, sus primas gallinas de Kentucky y los niños de la merienda. Y comen mucho. Los sindicatos también se me aparecen por ahí pero tengo dificultades para verlos porque habitualmente están tapados por las sábanas y las mantas. Y los organismos estatales independientes subvencionados para reducir la semana a un domingo constante; y los coros y danzas de la sección femenina. A través del hueco que deja un ladrillo que se ha caído y que ha descalabrado a un autónomo que tiene un colmado en un viejo barrio, veo, en el gráfico de marras, a las instituciones que promueven el empleo, con cursillos para enseñar a conseguir trabajo a los que están parados que, a su vez, van a recibir un cursillo para enseñar a los parados a conseguir trabajo: por fin los parados han encontrado el secreto del movimiento continuo. El Ministerio de Trabajo y Seguridad Social ad Eternum. Un día soñé en el diagrama con una concejala de cultura de un ayuntamiento, que estaba regando unos geranios a media altura de la pirámide y otro día vi cuatro organismos de la Diputación perdidos en la niebla y a los que no he vuelto a ver porque se han ido a unas conferencias en Bruselas para hijos de alcaldes y concejales del Partido sobre cómo cultivar berzas. Engordan la pirámide a la altura aproximada de la cloaca por la que dicha construcción faraónica respira hondo hacia el futuro y toma aire. Es la entrada a la cámara mortuoria. En una de las barras intermedias, ni muy altas ni muy bajas, los pensionistas soportan sobre sus cabezas, además de a los anteriores, a los otros pesos muertos de sus descendientes que no llegan a fin de mes, que no tienen casa propia y a los que hay que recoger a los niños de la guardería. Se difuminan a media altura entre toses, centros médicos y paseos de perritos con lazo. La gran clase media que vive por ahí abajo se está derritiendo por culpa del sudor, de la rabia y el peso excesivo de los gordos que viven en los pisos de arriba en una fiesta constante de dietas, comisiones, peluquerías (pelucas y pelucos), trincamientos y putas, todo subvencionado al 100% por las arcas públicas exhaustas. Este gráfico en forma de pirámide invertida también contiene en su interior momias, saqueadores, sacerdotes de la Iglesia del Oro, embalsamadores, cortesanos con baba, chacales, serpientes silbadoras, cocodrilos con lacoste, escribas borrachos, canteros esclavos, coperos, catadores y sirvientas perfumeras (visires o ministras de Justicia).
FÁBULA POLÍTICAMENTE CORRECTA
Para ser una alta figura de un partido político español (lo de alta en sentido figurado, algunos son más bien bajitos pero gruesos) es requisito fundamental que entre el cerebro y la lengua no haya comunicación directa. En la selección previa para hacerse cargo de algún cargo en la jerarquía (redundancia admitida: siga usted adelante) es necesario que el candidato, además de estar afiliado desde una tierna edad al Frente de Juventudes, ejerza una corta pero intensa carrera de adulación a los cargos y cargas intermedios en ejercicio de los ídem (ahora ya la redundancia comienza a resultar redundante pero se intentará más adelante subsanar tanta cacofonía), concejales de tres al cuarto y esposas de infrasecretario. Con este currículo ya está más que preparado, a ojos de sus superiores, para dar el Gran Salto adelante (plagio maoista), hacia arriba y hacia los lados, ya es hora de que se labre un futuro para él y su larga familia de legítimas, amantes, hijos, cuñados y primas de Kentucky, adquiriendo un “carguiño” (perdóneseme el neologismo pero aquí es muy apropiado porque todo el mundo sabe que “para saber cómo es Pepiño, dále un carguiño”). A tal efecto es convocado al despacho del Presidente del Partido en Cuestión y después de aleccionarlo sobre la alta responsabilidad que va a adquirir, los altos ideales que va a defender y los altos emolumentos que será capaz de trabajarse, es enviado a hacer las pruebas médicas a las instalaciones de la Mutua de Afiliados y Afiliadas al Partido en Cuestión, requisito imprescindible para conocer las aptitudes de coherencias éticas y otras relaciones mentales. Más o menos las pruebas se desarrollan de la siguiente manera: El candidato es citado oficialmente a una hora prudente en la que le dé tiempo al muchacho a dormir la resaca con tranquilidad, digamos sobre la una del mediodía. Se presentará en la recepción de las oficinas (otros lo denominan mostrador de información) y dirá sucintamente a la recepcionista el motivo de la visita; dicha recepcionista (lo siento pero esta Mutua no tiene recepcionisto) le imprimirá un papel con los datos personales por si se le olvidan, se los grapará a la solapa y le dirá que espere en esa sala anexa hasta que alguien lo llame por su nombre. Una vez que haya pasado al despacho de la doctora Elena Galena esta le mandará desnudarse de cintura para arriba y procederá a auscultarlo con una trompetilla. Si se oyen los latidos del corazón es buena señal, pero unos latidos escandalosos son contraproducentes. Una cosa es que esté vivo y otra que sea un sentimental. “A ver” dice la doctora, “saque la lengua y diga treinta y tres”. El aspirante saca una lengua larga como la de un dragón de komodo, no dice treinta y tres y pronuncia las siguientes y sibilinas palabras, aprendidas en una academia vespertina de oratoria hueca para próceres en edad de merecer, cuya matricula le pagó su abuelo: “en las coyunturales circunstancias actuales decir cualquier cantidad es un acto de imprudencia política manifiesta, se debería proceder a un previo estudio estadístico para adivinar cuales son las cifras reales de la situación, etc”.. La médica coloca la trompetilla sobre la mesa del despacho y suspira aliviada. Con el paciente sentado campo a través sobre la camilla y los pies colgando en caída libre le golpea la cabeza con el martillo de los reflejos y resuena en la sala un sonido platónicamente cavernoso y sordo como un cajón de trefilería vacío. La doctora parece aliviada. “Bien, vístase”, dice con cierta autoridad no exenta de dulzura de jarabe con codeina. El candidato sale del despacho metiéndose a duras penas la camisa en el pantalón. La doctora Galena coge el teléfono y marca un número. Se le oye decir lo siguiente: “Oficiosamente ¡Enhorabuena!, ya tienen ustedes a su portavoz en el Congreso. Si me permite decírselo, señor Presidente, si lo pulen un poco puede llegar a ministro”. Este cronista no sabe qué se dijo desde el otro lado de la línea telefónica. Cuando la doctora Galena cuelga el aparato nota con satisfacción que le ha desaparecido el martillo neurológico, que en el mercado negro puede valer sus buenos cuarenta euros. “Bueno”, se dice resignada, “vamos mejorando, el Presidente se llevó el fonendo y el Secretario de Organización introdujo una bolsa de depresores linguales de plástico en el bolsillo de la chaqueta”.