Sinónimos de bellaco: mantenido, garitero, truhan. Chulo, alcahuete, lenón, aprovechado, rufián.
Sería muy fácil aludir a su apellido para definir a una persona como él pero ni aun apellidándose Fernández mi percepción del sujeto variaría un ápice. No me molesta su descaro billarejo de futbolín macarra. Lo que me molesta del interfecto es la presunción de superioridad moral sobre los que son sus colegas de hemiciclo lo quiera o no, es decir diputados globo que representan a mucha más gente de la que representa él. Se ve a sí mismo como el ejemplo de bonhomía y rectitud ética y trata a los diputados de la derecha (y del Presoe al que desprecia) como una escoria a la que insulta sin pudor (y sin cortapisas por parte de esa lechuguina sin aceite pero con vinagre de vino malo, que es Armengol), como si fuesen apestados de una enfermedad letal de la que él jamás se vería contagiado. Él, Simón Templar, el Santo. Mientras tanto su jefe, el monje lascivo escapado de la abadía del monte de Venus, se reúne con un terrorista Otegui (uno no puede ser exterrorista, lo mismo que no puede ser ex vivo, a los exvivos se les llama muertos). Su anterior jefe de su actual jefe había pactado con ETA para que no atentase en Cataluña, que allí la vida humana es más cara y valiosa que en el resto del país, todos esos apellidos blancos afrikaner ¡cómo se van a manchar de salpicaduras de sesos reventados de los españoles negros o morenos!. Demócrata con los pies en escabeche, quiere eliminar de su ámbito parlamentario a periodistas molestos como moscas cojoneras (dicen que dos polos del mismo signo se repelen) porque Él tiene de la libertad de expresión la misma idea que un ministro de propaganda talibán afgano, la idea de que el mejor periodista libre o crítico es siempre el periodista inexistente (en el nuevo lenguaje no se puede decir periodista muerto) que murió antes de nacer y no pudo aprender a escribir. Para Él los mejores (y únicos) periodistas buenos son aquellos que le doran la píldora, le ríen los chascarrillos y le dan premios a la mejor retórica hueca de la peluquería de señoras del Congreso de los Diputados. Por cada diez sesiones de asistencia a pleno te dan un vale descuento para lavado, corte y cardado. Es decir, periodistas inocuos, gregarios y adocenados por el domador del circo de la izquierda o de la derecha. Este bellaco practica otros juegos de salón (de belleza): La cosificación del contrario político, del que no piensa como él, con esa superioridad falsificada y roma que le sirve para tapar una verdad inmutable, la de su apellido que no dice nada bueno en catalán ni en francés. Ni en castellano, claro, pero eso en Argamasilla de Alba quizá no tuviese tanta importancia, porque el racismo allende las fronteras de Cataluña y del País Vasco baja mucho de intensidad. Un converso que quiere aparentar ser un cristiano viejo siempre lleva en las alforjas una pieza de tocino que asoma el hocico del cerdo a la intemperie para que se vean la grasa y las orejas. Su apellido no es nada provenzal. No hay mujer más honrada que la puta retirada, ni fanático más cocido que el converso. Ese señor vive de un cuento que quiere que no se acabe nunca, un sueño fatal que conlleva en su sangre la xenofobia contra el español (síndrome freudiano tan evidente, ay) y la defensa a ultranza de otros extranjeros que están lejos, -etíopes, hutus o palestinos-, a los que, como él diría, no hay que oler aquí cerca. Y mientras tanto cobra unos buenos emolumentos del odiado Estado Español. Y, porqué no decirlo, me molesta esa chulería barata de maniquí de fiebre del sábado noche en la que todos los gatos son pardos excepto él. A mí siempre se me ha parecido a aquel gordito al que todo el mundo hostiaba en el patio del colegio, por pelotas. A veces me daba pena, el gordito, porque yo soy muy bueno. A lo mejor este rufián es un noble y digno señor y yo estoy muy equivocado. A lo mejor.