Desde estas lejanías provincianas me pongo a mirar lo que ocurre en la capital de la nación de los españoles y no doy crédito a lo que veo y escucho. Es imposible, me digo, que lo que nos cuentan a los pobretones de estas paleozoicas tierras olvidadas y envejecidas sea cierto ni aun en un seis por ciento. Digo lo del seis por ciento porque contabilizar así los sentimientos se ha hecho cuestión modélica fundamental en los momentos estrambótico estadísticos que nos rodean y los medios de comunicación a los que acudo en la esperanza de verme informado sueltan porcentajes tan escalofriantes que a veces me da la impresión de que un cien por cien ya no es suficiente para dar la idea del desbarajuste completo en cualquier situación y ya hay gentes que se pueden haber muerto en un noventa y siete por cien y hay políticos honrados al ciento tres por cien y viceversa. Tengo también la impresión (más bien debería decir la sospecha) de que como las noticias tardan en llegar cierto tiempo cuántico (filtradas por un tamiz chino de 5 ge), además de una inflación galopante en los sucesos luctuosos y judiciales en Madrid, ya se ha producido un cambio de régimen, las masas han tomado las calles y un gobierno provisional se ha hecho cargo de toda la anarquía ambiente. Otra vez el tiempo se pliega sobre sí mismo y los extremos se tocan y estamos en una tercera república de imbéciles y degenerados morales. No es posible, me digo bajo el bombardeo de noticias extravagantes y funestas, que todavía haya un gobierno del Presoe encaramado en la Moncloaca, dictaminando decretos para que la maquinaria oficial funcione, mal, como hasta ahora. Pido informes a conocidos de mi calle que bajan a la ciudad en autobús anarcosindicalista y me dicen que los funcionarios de la Administración aun siguen acudiendo al trabajo como si nada estuviese sucediendo en la capital del Estado. No me lo puedo creer, le echo la culpa a la propia inercia de la maquinaria oficial y me imagino que, como todo impulso sin empuje continuo, todo esto acabará en la parálisis al borde del abismo como en las películas de aventuras para bestezuelas adolescentes. Es la segunda ley de Newton hecha ceniza en un cenicero. A lo mejor mañana ya me cierran la dirección general de tráfico a donde no tengo nada que ir a pintar. O la subdelegación del Gobierno, ente que puede existir al margen de su propia inexistencia, hay fantasmas que siguen molestando a los vivos en unas inmensas filas funerales de la estadea funcionarial pero que cobran a fin de mes nóminas hinchadas por las gusaneras de los muertos más recientes. Lo que me cuentan es que un presidente del gobierno, ejemplo de masculinidad nebulosa, se mece ante las cámaras de las televisiones compradas con un dinero ajeno (eso es robar, en román paladino) y se dedica a humillarse indignamente ante sus extorsionadores independentistas racistas con confesiones vomitivas y concesiones políticas indecentes. Como ya nada es verdad porque nada es mentira no me creo este espectáculo y pienso que alguien ha mandado al sujeto original al manicomio de los napoleones con cucurucho de papel y un cronopio para entretenerse, y el que deambula, con las piernas rígidas como soldadito de cuerda, por los platós, las radios, las esquinas verdes del parlamento es una imagen creada por una inteligencia divina malvada y criminal que nos ha cogido manía a los españoles paganos. Pero no, me confirman que todo es real, que borbotean estertores de agonía y que este gobierno, como pollo sin cabeza, anda dando traspiés a diestro y siniestro en espera de que la lluvia ácida escampe. Lo peor de este desbarajuste, creo entender, no es ya el conductor que ha perdido la cabeza y la vergüenza y que, indiferente, pasa por encima de los callos y juanetes de los peatones, “la clase media y trabajadora”. Lo peor son todos esos que se habían subido a la plataforma trasera de este tranvía desbocado y que no quieren bajarse porque no tendrán donde caerse muertos. Aunque siete años son pocos, la esquilma ha sido de tal gravedad, el saqueo de tanto calado, que los miles de paniaguados a los que sostiene el régimen quieren cerrar el negocio y llevarse el fruto de sus desvelos a un buen rincón donde disfrutar mejor, Torrevieja o Punta Cana, como perros con un hueso babado. Y no tienen tiempo que perder, así que adulan, apoyan, mienten y se humillan sin pudor a fin de conseguirlo para redondear el negocio. Nunca la gran estructura financiera estatal había servido para dar cemento a tantos albañales, la caja de caudales está exprimida.
Por detrás de este telón de insoportable escenario de marionetas están las manos de los independentistas catalanes y vascos, cuyos intereses, incompatibles entre ellos (excepto el racismo antiespañol lo que quieren unos lo denuestan los otros), hacen que los hilos se entrecrucen y hagan saltar frenéticamente a los muñecos de este gobierno con un baile de san vito imposible de seguir sin bizquear. Un guirigay insoportable al que se niegan a poner punto final o, como diría algún plumífero con mando en plaza periodística, punto y final. Ver para creer.