Érase una vez un pato cojo que salía a tomarse unas burbujas con sus amigos, los sábados por la noche. Juerga, juerga, badabúm. Un pato cojo que bebía en los bebederos de patos de la calle de las burbujas etílicas de la ciudad vieja a la misma velocidad que el resto de los patos que no estaban cojos y que entraban en los locales con esa cadencia elegante de los patos a los que las extremidades inferiores les respondían admirablemente bien por indicación mental directa o, lo que es lo mismo, que caminaban como patos con la elegancia de los patos que nadan por la calle de los vinos y de las burbujas, entrando y saliendo patosamente entre mesas, taburetes, niños en primera comunión, dos políticos progres del ayuntamiento y unas putas patas que esperaban frente a un plato con un burrito relleno de pollo y guacamole, chifchif. El pato cojo, no hará falta decirlo, tenía un montón de Migos patos, alguna Miga pata, todos muy estudiados, muy funcionarios, algún mecánico de patos de bañera (“prohibido darle de comer a los patos y a las patas y a los patucos”) y un pelicano filósofo miope que a veces también se apuntaba a los circuitos tras taza de Ribeiro en la que chapotear como patos mientras entre las comisuras de los picospatos se les iba corriendo una salsa de pistachos y gambas peruanas pacíficas. Comida étnica para patos. El pato cojo se cansa porque es muy cansado andarse emborrachando con patos y patas sin tener una mala palangana en la que apoyarse, pero se aguanta, qué remedio, porque este pato no tiene otros amigos que estos que lo van a llevar a la ruina de la patidad: “hay que patolizar” le dijo su psicóloga de cabecera, que recibe por la mañana en la consulta de la Seguridad Social de los patos patológizados en salud mental. El pato cojo, llegadas ciertas horas, después de muchos vinos, algunos pinchos, unos rapés de pico, unos estruendos que impiden cuaquear cualquier cosa y cuando ya las patas empiezan a besarse temblorosamente entre ellas, piquito va piquito viene, decide que será mejor retirarse a su patisserie a ver si logra dormir un poco etílicamente hablado y con los bolsillos de plumas de pato absolutamente vacíos, porque en cada uno de los lugares en los que han entrado siempre le han hecho pagar el pato dado que él es un pato cojo que no levanta vuelo y siempre se queda retrasado con el ala aleve de su leve alerón apoyado en la barra y su sonrisa estúpida de patoso que no se entera de nada. De vuelta a su casa, traspasando el puente nuevo sobre el Miño, el pato cojo se cruza con una bandada de patos salvajes que viajan al Sur y se acuerda del viaje de un ganso, descrito por Selma Lagerlöf, que leyó cuando era un patito feo pero no se había convertido aun en un pato cojo que siempre paga el pato, y se pregunta, mientras va amaneciendo hacia la banda de Barra de Miño, si él, en lugar de hacerse el loco pato Lucas, no le hubiese sido mejor haberse hecho el ganso de provecho discurriendo gansadas para prosperar como prosperaron los otros patos y como muy acertadamente le había reconvenido ásperamente su padre, el nunca lo suficientemente ponderado Gran Huevo de Pato.