Me gusta andar, a mi aire o a mi viento, como un poeta pobre y vagante al que se le ocurren sus mejores ripios en lo peor del paso de cebra. ¿Qué querría decir yo en la confluencia de Celso Emilio Ferreiro con Alfonso Rodríguez Castelao mientras me tocaba la rodilla que me duele como una muela cariada? Me gusta andar pero a veces tengo prisa e intento coger un autobús que me acerque a mi destino con el único peligro de una septicemia por rozamiento, de lo abarrotados que van ahora los siete y los trece (mal número si no crece). Pero me pongo a esperar en la parada y allí no pasa nada, parece como si no pasara ni el tiempo y mientras miro la pantalla gigante de renta 4 que me ofrece inversiones que me harán rico cuando tenga algo con lo que invertir, por la otra calle pasan ambulancias gritando más que los enfermos, que han decidido curarse con los métodos medievales de que corriendo se nos pasarán los catarros y los diviesos. Se me van los versos al cielo de Curros Enríquez y me rasco la rodilla mala otra vez para darme ánimos porque vuelvo a las de Villadiego… y otra vez en el camino. Esta ciudad tiene unos gestores tan afanados y afanadores que algo que funcionaba bien lo han cambiado para que funcione mal: las líneas de autobús. Esperar lo que no llega o llega tarde y con aspecto amenazador produce estremecimientos ante los desconocido, ante el Más Allá que rueda paralelo a nuestra vida. Creo que las últimas decisiones sobre la moribunda línea de autobuses de Orense han producido un fenómeno paranormal hasta el momento desconocido, reflejante de una tradicional Santa Compaña: el Autobús Fantasma. Tal vez Richard Wagner sería excesivo para una ópera que narrase la epopeya de ese Autobús Errante de Orense y fuese mejor acudir a un zarzuelista de postín o a algún compositor italianizante que rebajase un poco el dramatismo de las arias y no pusiese furor en las barbas del tenor ni en las tetas de la mezzosoprano. Menos viento y más cuerda frotada. Me gustaría una obrita tragicómica sobre la situación de ese fantasma a cuatro ruedas que hace la línea imposible desde Reza a Mende o desde Eiroás a Rairo pasando por el cementerio de San Francisco, apropiada parada para tanto trasladado de dimensión… Si estuviese en mis manos decidir, como si yo fuese el director de La Scala de Milán, le daría el libreto de esta obra lírica a don Florentino López Cuevillas (libreto postmorten, como el testamento revocado) para que hiciese unos diálogos llenos de poesía orensana de calidad humidificante y un poco barroca sin perder el tono cómico e irónico de esta ciudad provinciana y universal en su papanatismo. Incluiría como narrador omnisciente al alcalde de orense, contratenor hendeliano al estilo de Farinelli; a los concejales, flacos de avaricia, los colocaría como coro de los esclavos verdiano de aduladores pazguatos; y como chófer y piloto eterno de las vueltas que da el amarillo vehículo fantasmal, al fantasma con gorra de plato mendicante de la Plácida nuera de un reconocido miembro de la Diputación Provincial, tan fantasma y tan eterno en su carguiño como el propio cacharro ambulante. El amarillo en el escenario produce mala suerte sin fin y es que en esta ciudad, en donde se estrenaría la obra en el Teatro Principal (¡como si hubiese un Teatro Secundario, optimistas!) en una primicia mundial que nos envidiaría el Liceo Barcelonés de las Mordidas del vampiro Pujol, ya tenemos bastantes ejemplos de ese material infungible que son las desgracias urbanísticas. Antes ya me gustaba andar y, a veces, tomaba un autobús. Tomaba (es un decir) el autobús con escasa frecuencia y siempre con aprensión como un jarabe para las lombrices. Ahora tengo miedo a acabar detrás de la Estadea, con un billete de ida pero no de vuelta: las paradas han cambiado de lugar, las marquesinas se han quedado para vestir santos y el Autobús Errante anda ya por San Andrés de Teixido adonde se va de muerto cuando no se fue de vivo.