La ONU, Organización de Nulidades Orgiásticas, es un ente que se parece a un termitero febril de vagos y maleantes ciegos. Un pudridero de políticos mohosos a los que hay que premiar con un chollo que mantenga viva su inanidad. Jamás ha servido para nada más que para que en el edificio de la sede se rueden unas películas de variable calidad cinematográfica en las que Cary Grant parecía Bruto acuchillando a Cesar o Nicole Kidman era una interprete que quisiera la Armengol en el Parlamento español para verter al castellano, que todos saben hablar, la sintaxis perfecta del idioma de los racistas y carlistas. Por lo demás, cuando no hay películas que rodar, la ONU no ha servido jamás para nada que no se haya podido hacer mucho más barato. La ridícula ñoñería de ponerle los cascos de color azul celeste de patuco de bebé a los soldados (armados) de las fuerzas de paz ya indica el nivel de cursilería megachupi de esta institución. Las palomas de la paz de la ONU están más sucias de mierda que las gallinas de mi gallinero. Su verborrea y fanfarria cucurrucucú no ha detenido ni una sola guerra con sus fusiles de chocolatina y su rama de olivo (que, por cierto, es una imagen bíblica sacada del judío libro del Génesis) y todo lo que tocan lo convierten en embrollo (y a veces en abusos sexuales descarnados y pocas veces investigados). A mí el edificio de la ONU y la propia ONU me parece la torre de babel en la que los dioses del veto del Consejo de Seguridad permanente han inoculado la confusión de lenguas para que nadie se entere de nada pero haga como que no se ha quedado dormido y pueda cobrar emolumentos con furor, en dólares contantes y sonantes. En algún caso, como en los discursos de Fidel Castro en la Asamblea General, el nivel de ronquidos subía hasta el cielo de New York de donde después bajaba en forma de lluvia ácida. E.C.E.U.R. (“Esta casa es una ruina”) y sus escaleras mecánicas, actuando por su cuenta, han querido cargarse al hábil bailarín de claqué, Donald Trump, mordiéndole las perneras del pantalón para atraerlo a los infiernos de los sótanos onunistas. No lo han conseguido y ese jugador fusiforme de golf ha puesto el grito en el cielo porque además de ese vil atentado escalerista no tenía una chuleta en la que leer sus muecas de viejo verde ricachón que se pirra por las criadas jóvenes con cofia y minifalda. Pero de todo lo que oí que se dijo en ese atril mundial de despropósitos lo suyo era lo más sensato, vaya nivel. Nuestro campeón nacional de farfolla, Roberto Alcázar y Pedrín anda vendiendo crecepelos y linimento para democracias en la Universidad de Columbia y, dada su experiencia con la calidad de las cátedras de resiliencia con jamón y queso de la Complutense de Madrid, no me extrañaría que estuviese tramando en su caletre distorsionado el llevar a Begoña de profesora invitada a esa antaño prestigiosa sede americana de la sabiduría para dar unas clases magistrales de Gramática Parda o de Transformación Social competitiva fucsia. Esperemos a ver que dice el rector de la Columbia University, cuando venga de visita a Moncloa. Mientras tanto los embajadores permanentes nacionales ante la ONU y su millón largo de asesores se van turnando en sus asientos para sestear durante unas horas más y poder salir lo antes posible a darse una vuelta por Manhattan para tomar un ídem o dos y desintoxicarse de demagogia y dialéctica infantiloide alevosa mientras se van emborrachando. ¡Si al menos alguien golpease con un zapato en la mesa para pedir algo de orden, silencio y sensatez…!