A la algarada profundamente pacifista que boicoteó la etapa final de la Vuelta a España en bicicleta solo le faltaba un Cojo Manteca. Seguramente muchos de los que enarbolan las banderas palestinas no tendrán ni idea de quien era o fue ese hombre mutilado que desarrollaba una vida ascética al margen de la sociedad y que un buen día se cruzó con una manifestación estudiantil contra aquel Gobierno y aquel Maravall ministro de educación y, ni corto ni perezoso, aportó su granito de arena a la Historia destrozando cabinas de teléfono, el reloj electrónico luminoso y algún cartel de la estación de metro que le molestaban. Todo ello, eso sí, dentro del más estricto pacifismo zen. MANTECA no era estudiante, en su vida había estudiado nada, toda su sabiduría le había caído del cielo y lo había convertido en un mártir santo con muletas, alguien que aun estamos esperando en la retrasada hagiografía católica: me imagino al santo Cojo en el retablo barroco de mi pueblo, flanqueado por el perro de san Roque que no tiene rabo y ese san Juan Bautista con túnica de carnero y báculo de vejez prematura. Pues bien (o mal, eso depende), a la manifestación tan pacífica que impidió una etapa de la Vuelta a España (les estuvo bien por darse una vuelta por España a estos esforzados de la ruta, ¿no saben que España ya no existe?) le faltó un elemento manteca para dar más idem a la policía opresora del Pueblo, a los agresivos aficionados al ciclismo de combate cuerpo a cuerpo, peligrosos ultras antipalestinos, y a los políticos caifás que andaban por allí para dar unos besos robados, unos trofeos fascistas de hojalata y unos premios inmerecidos a los vencedores. Parece ser que ahora la dignidad del pueblo español es la dignidad del Cojo Manteca. Es una lástima que ese ser angelical haya muerto, los hombres dignos también mueren, pero ha sido sustituido por otros hombres dignos que también, como el santo manteca, se acercan a Madrid desde el País Vasco, “los chicos de la gasolina” de Arzalluz, que tienen unos añitos más pero echan de menos quemar algún autobús, por dignidad y pacifismo y para recordar viejos tiempos, eso no debería molestar a nadie. A mí me parece que en lugar de atacar (el verbo es excesivo e impropio de la ocasión) con argumentos pacíficos a orondos ciclistas, lo que habría que hacer para dar visibilidad a la masacre que sufre Gaza sería empezar a dar caña pacifista y digna a gentes como Kafka, Singer, Babel o Roth, prohibiendo sus libros; a gentes como Einstein o Spinoza… prohibiendo sus teorías; a gentes como Bob Dylan no escuchando sus agresivas canciones; a gentes como Chaplin, no volviendo a ver sus belicistas películas; o a gentes como Marx retirando de la circulación sus mamarrachadas judeo marxistas. Se iba a enterar Netanyahu, ese otro gran pacifista que se está conteniendo mucho para no ser más pacifista que Hitler. Ya se está mereciendo el Premio Nobel de la Paz ex aequo con Donald Trump, el harekrisna, Naranja mecánica americana.