La terraza del bar es la antihistoria, es el lugar que primero van a bombardear los drones chinos cuando ocurra la gran invasión. En la terraza del bar viven ya desde hace unos años las parasitarias clases sociales de esta España de los güevos. Cuando paso al lado de ellas, teniendo que jugarme la vida por la calzada, toreando silenciosas cobras eléctricas y toros diésel de la ganadería de Victorino, tengo la impresión de que más pronto que tarde veré un burro amarrado a una silla, no en vano uno es un memorioso hombre de ferias, fiestas y mercados del siglo XX. El burro, el perro, la gorda, el mastuerzo, la niña cantando y el vecino del sexto. No va más, señores. En las terrazas apesta a pis de perro y a cloaca que sube por el respiradero más próximo. Aceitunas chafadas, envoltorios de helado, colillas a la mar, un cordón de zapatilla y la voz miserere del drogadicto que pide sin dignidad y sin piedad un euro para comer. Algunas terrazas necesitan un clavo que las sujete a la pared, el calor arrecia, el sudor se vaporiza, los tontos hacen su aparición y el obispo pasa de incógnito hacia el WC de señoritas.
LOS ESTERTORES DEL VERANEO
Ya tengo ganas de que se acabe el verano y no porque no me guste sudar como un seboso león marino por la noche y por el día, que no me guste ahogarme con la lengua fuera como un viejo mastín percherón, sino porque con el final del verano se me acabarán los sustos que ya mi corazón no puede soportar. Las mujeres van ligeras de ropa pero generalmente bien vestidas, las jóvenes son una alegría para mi salud precaria y las maduras y mayores se recatan en su esplendor. Pero los hombres parecen haberse convertido todos en unos payasos, sacando de los armarios, de los baúles de atrezo y de las tiendas exclusivas para espectáculos circenses, unos atuendos que no se colocaría encima ni Charlie Rivel con más copas que Scott Fitzgerald. Las combinaciones entre prendas son tan explosivas que Dios nos ha abandonado a nuestra suerte. “Si son capaces de ponerse eso, anda que se jodan”, dice Dios en la tumbona de la piscina celestial llena de agua bendita calentita y libre de la grasa de mantequilla de la crema nivea. Hay camisetas recién salidas de un congreso de sicodelia; bermudas que para sí quisieran en aquellas islas; camisas al estilo hawaiano asadas a la brasa volcánica… Solo unos locos podrían combinar estas prendas para ponerlas sobre unos cuerpos generalmente ya devastados. Orense parecía la cubierta del trasatlántico de Vacaciones en el mar con jubilados yanquis en Puerto Vallarta. A ver si esto se desertifica de una vez y vuelven los tuaregs o los esquimales.