La Administración Gargantua española se ha convertido en una casa de citas. Pero no solo la Administración Gargantua, también las peluquerías, los administradores de fincas, los limpiadores de cristales, las orquestas del verano, el inscriptor de lápidas funerarias y el restaurante cutre con dos estrellas, general de división. De momento para lo único que no hay que pedir cita es para entrar en el súper de ahí enfrente, para comprar unos calcetines al gitano preferido de la feria o para tomar el sol en la ventana. El hotel te da cita; el dentista tiene cita; si quieres revisar el coche en un mecánico hay que llamar por teléfono para que te den cita; el fisioterapeuta que te machaca, cita; el veterinario de la vaca, cita; Hacienda con pasmoso descaro, cita, y cita tu puta preferida. Cita el servicio de Desempleo; cita la médica y la enfermera; cita la ITV y la Seguridad Social. Cita tu banco para robarte y Correos para avisarte. El Sergas cita a largo plazo y a veces no llegarás a su cita. Cita la policía, cuidado.
La cita no es novedad de estos tiempos borrosos pero su calidad ha mermado mucho en este siglo de inmediatez de lo digital. Las viejas citas de antaño tenían otra enjundia. Larra nos cuenta de las citas que se posponían kafkianamente hasta el día siguiente, “vuelva usted mañana” imposible silogismo que nunca se resuelve, como aquél de las viejas tabernas “hoy no se fía, mañana sí”. Hubo citas entre don Juan Tenorio y doña Inés del alma mía ; entre Calixto y Melibea; y entre Romeo y Julieta. Citas de amor. Se citaban los duelistas al amanecer, citas de muerte. Se citaron Atila y el Papa; y Boabdil y los Reyes Católicos, citas históricas. Y Trump y Putin, citas de la ignominia.
Los amantes subrepticios se citan en una habitación de un hotel, los viejos se citan en un banco del parque o en una obra pública. Cita el torero y cita el pedante; Carmen cita.
El gran citador clásico es Montaigne que cabalga de cita latina en cita latina hasta dejarnos exhaustos. Se puede decir que una traducción de Montaigne se puede convertir en una traducción desde el francés y, si hay suerte para nosotros, una traducción de la cita desde el latín. Nunca cites a Montaigne si no dominas la culta latiniparla, aquella de Quevedo que también era un gran citador. Todos tenemos una gran Cita a la que nos es obligado acudir e incluso aquellos que jamás llegan puntuales a sus citas no podrán defraudarla.
Debería rematar ese batiburrillo con una cita pero yo solo me atrevo a citarme con solvencia a mí mismo y sería redundancia o megalomanía, impropios de mi carácter. Jamás tendría una cita a ciegas conmigo