Andamos por ahí sin prestar atención a lo que hablan los demás, nos importa eso un carajo y solo atendemos cuando nos afecta al estómago, centralita telefónica automática de la mayor parte de los cerebros (la otra está entre las piernas). Por eso no nos escandalizamos de las mamar-mamarrachadas que los políticos y Cía nos escupen a la cara cada vez que tienen diarrea mental, que es siempre. Si de verdad tomásemos conciencia de su cinismo y falsedad constante tendríamos que cogerlos por las orejas y llevárnoslos a todos a un centro de reeducación para falsarios morales y lingüísticos. Sería necesaria una isla tan grande como Groenlandia, a ver si se enfriaban un poco. Una fantasía que tengo (he dejado, por aburrimiento, las otras fantasías) es que todos estos sujetos se encuentren en un gran campo de concentración en el que tengan que trabajar para ganarse el pan de cada día; y que tengan que relacionarse entre ellos sin nadie que les dé instrucciones, más allá de no acercarse a la playa porque hay tiburones. A la semana de estancia en este campamento para retrasados, se habrían muerto casi todos de hambre, y los que sobrevivieran, comiéndose los cadáveres, se dedicarían a esquilmar la tierra sobre la que dormían y defecaban. Me imagino a Trump haciendo gestos simiescos, con la gorra roja hecha girones, pidiéndole al secretario general de la OTAN que le diera la castaña que se aprestaba a comer. Un desastre. En los primeros días se apresurarían a perpetuar el sistema de esclavitud al que están tan acostumbrados con sus respectivos aduladores y chupamedias, pero como estos son tan inútiles que no saben hacer nada más que soplar y sorber se implantaría inmediatamente la primera sociedad igualitaria de la historia de la Humanidad, en la que todos los inútiles serían iguales ante la escasez de medios de producción; y el PIB bajaría a niveles indecorosos.
El último ejemplo de sordera social y falta de reacción ante la desfachatez de nuestros dirigentes ha sido la indiferencia casi general ante la reacción de los dirigentes del Presoe por los escándalos de corrupción venal y moral. Estos personajes progresistas han dicho que en ese partido político se lucha a brazo partido (valga la redundancia) contra la corrupción. Necesitarán entablillar con cemento armado. Todo esto me recordó aquel lema que Llamazares aplicaba a los sindicatos españoles, “nosotros te ayudamos mientras no nos necesites”. El Presoe lucha contra la corrupción… produciéndola. No conocen otra manera. Si el diablo no existiese no nos quedaría más remedio que inventarlo. Siguiendo con mi fantasía utópica me gustaría escucharlos justificarse unos frente a otros cuando empezasen a comer el cadáver crudo de la primera víctima de su propia incuria: “nosotros somos gentes decentes vegetarianas y progresistas y vosotros sois unos buitres apestosos”. Y viceversa.
NÚMEROS PRIMOS
Como cualquier bachiller tardofranquista sabe, los números no son iguales si están a un lado o al otro de la ecuación; y también sabe que con los números no se juega porque pueden quemar y producir llagas en la cabeza. Los políticos retuercen los números de tal manera que un tres acaba por ser un ocho y un cuatro acaba por ser una silla de enea en la terraza de un magnate; un uno se nos clava en el corazón y el cero no se puede ni nombrar a no ser para hacer un chiste escatológico. Por eso yo no hablo nunca con los números, porque sé que me van a engañar una vez más. Es de todos conocido que el tipo de interés en una hipoteca o en una cuenta de ahorro es distinto de la TAE, un tipo de interés que es primo del anterior pero mucho más cabrón. Es un primo lejano que ya ha perdido el apellido cuando ha vuelto de la Argentina o de Rio de Oro, tanto da en donde se ha hecho a sí mismo, y el tipo sin interés suele acabar por ser siempre el banquero que te da la mano. La mayor parte de los banqueros no me tienen ningún interés y a ellos eso les importa una higa, aunque me dan la mano igual. A mí, con el crecimiento constante y progresivo de la riqueza en España me pasa como con el resto de los números, que no me aclaro y no me salen las cuentas y no despejo la incógnita, porque si tanto crecemos teníamos que estar más grandes y lo que veo es que grandes, orondos y satisfechos solamente están unos pocos tipos mientras los demás hemos encogido, acabando por ser unos miserables tipejos. Mi capacidad de observación ha aumentado tanto como mi presbicia, es decir ahora observo peor de lejos pero mucho mejor de cerca, así que cuando voy al súper a atiborrarme de relación social me quedo pasmado delante de las etiquetas de los productos y deduzco que, efectivamente el crecimiento es geométrico en los precios y en la mengua de las cantidades que me dan, una contradicción numérica que no quiero solucionar. Dicen por ahí, haciéndose los listos con números indescifrables, que se ha acabado la enésima juerga elevada a pi que han pasado los españoles (supongo que unos más que otros), que esta deuda no hay quien la soporte y que el crecimiento, que hasta los años setenta iba de seis por cien en seis por cien y tiro porque me toca, ahora anda renqueando en un rácano 0,9 por ciento, una minucia, vamos; y que en estos últimos años de progresismo despampanante se ha pasado de una deuda pública del 6% del PIB en 1974 a una del 105% en 2025, ambas insoportables si se tiene la intención de pagarlas. Así que es cierto, hemos sido muy progresistas, progresando adecuadamente, la economía ha ido como un cohete subido en una moto peideira y todos somos mucho más felices en nuestra pobreza e ignorancia matemática. Me queda ir a la playa en este verano torrefactado a ver si los tangas han crecido mucho, como la economía, es decir, a ver si han disminuido, que es lo que me gustaría en ciertos casos, mirando de lejos para poder ver de cerca, como con las etiquetas de los precios del súper.
CHARLES, MASÓN
Yo no quería decirlo porque sabía de las consecuencias. A partir de hoy, en que “canto”, tengo que entrar obligatoriamente en el programa de Protección de Testigos y sabe dios en qué desierto australiano me tocará vivir comiendo langosta todos los días y viendo pasar la Bounty tras el horizonte de mi playa particular. Me voy a morir de aburrimiento y tendré que pensar en ir a la discoteca maorí cruzando el arrecife de coral, pero es que no puedo más con este peso en el alma y en el círculo polar cerebeloso: Santos Cerdán ha convertido a todo el Presoe a la religión masónica. Si no fuese por ese detalle de proselitismo acelerado siguiendo ordenes del gran Maestre del Tajo sobre Tabla sería imposible que este castillo de palillos de comer oreja, rabo y cachucha de pincho no se hubiera caído estrepitosamente hace tiempo, cuando supimos que Ábalos era un descarriado hijo pródigo, Koldo un mayordomo inglés disfrazado de hincha del Liverpool y Santos un hermano menor de la Logia del pulpo de los ocho brazos de pedir con escuadra y cartabón: “el Arquitecto”. Nunca hubiese imaginado que fuese yo el que tuviese que descubrir este secreto a voces ante la bisoñez de los encargados de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, que no quisieron ver lo evidente de las señales que se enviaban entre sí, cuando se cruzaban en los pasillos los Sánchez, los Cerdán, los Josésluises y el aizcolari de hacer astillas todo lo que toca: golpes en el pecho, miradas con esquina, dedos de los pies haciendo la uve de victoria, labios fruncidos de seña de mus, caras al sol con la camisa nueva…
CINCUENTA MIL Y LA CAMA
Pues nada, que se queden tranquilas las mozas feministas y no tan machistas del Presoe, a partir de ahora cualquier militronco, colega, del Partido que utilice los servicios de señoras prostitutas para darse gusto al cuerpo de cinturilla para abajo será fulminantemente lanzado al espacio exterior de los réprobos, por putero y castañón. Es una solución fulgurante a un problema tan viejo como la Humanidad. Desde los templos de Astarté, en los que se ejercía la prostitución sagrada, a los de Tito Berni en calzoncillos a media asta, no ha habido una medida tan drástica para que los seres angelicales masculinos sociotistas se vean castigados por su depravación, falta de escrúpulos y desamparo erótico amoroso. Pero, ¿qué pasa con los chaperos, esos seres etéreos que se mueven en la noche con el sigilo de un leopardo con tirantes y se dedican a atraer a sus victimas con subterfugio propios de hipnotizadores de feria? ¿Los habremos de convertir en el último recurso de la derecha y de la ultraderecha para corromper las puras almas de los socialistas del Presoe? ¿Hemos de esperar a la refundación sexual en un nuevo Suresnes? ¡Afrodita y Adonis no lo permitan!