El objetivista periodista, documentalista y entrevistadorista de etarras y otras hierbas, Don Jordi Évole, evohé, en un artículo en la Vanguardia, pidió no hace tanto tiempo (noviembre del 23) que una calle en Cataluña fuese señalada con el ilustre nombre de “Santos Cerdán” en pago a los servicios que a esa región tan vituperada por los parientes pobres, había realizado el interfecto. Fue una lástima que tan provechosa idea no tuviese tiempo de haber sido puesta en letras de abecedario con guion en medio. Podía haber sido una calle de reciente construcción, o una vieja calle de rancio abolenazgo carlistón a la que, por mor de la ley de la memoria histórica y democrática, se le pudiese cambiar el insulso nombre de calle del Desconsuelo o calle de la Igualdad Constitucional por el muy alegre de “Avenida del Ilustrísimo señor Santos Cerdán, apaciguador, conversador y mediador, al que dios guarde muchos años, amen”. Ay. Tal vez la idea de una calle o carrer con un nombre que tiene tan mala traducción al catalán (sants bacós, pobre hombre), dado su carácter compuesto de antónimos irreconciliables, fuese la causa de que tan esplendente ocurrencia no tuviese cabida en el caletre de ninguno de los millones de políticos progresistas que pueblan las instituciones catalanas xenófobas; y ni un solo concejal de un barrio, a mano izquierda según se viene de Barcelona, llevase a un pleno consistorial una iniciativa, tan acertada para los nuevos tiempos que corren como estéticamente apropiada, para bautizar una rambla nueva en la que alguien ha plantado una chabola para dar inicio a un proceso civilizador y urbanístico previo a la construcción de una mezquita en la parte alta de la avenida, reseca en verano, inundada en invierno. Una lástima. Tengo la idea de que fue el propio ascetismo de la idea (el periodista merienda cacao “Marco Aurelio” con galletas con cierta asiduidad) lo que no ayudó a su puesta en marcha. Qué mejor hubiese sido que la calle en cuestión tuviese un nombre más rimbombante, como por ejemplo “Travesera de Ábalos, Koldo, Santos. Y Mártires”: Un nombre de un ecumenismo idiomático que encerraría en sí mismo el espíritu federalista español, al recogerse la coitada iniciativa en tres lenguajes tan españoles como antiespañoles: No hubo suerte. O pudiera ocurrir que una calle que al fin y al cabo suele estar situada sobre la dura costra de la tierra, recibiendo la claridad del día y la de las farolas municipales por la noche, tuviese por su propia naturaleza tímida, cierto resquemor a ser bautizada con el nombre de unos santos que, de momento, tan solo son populistas y no tienen aun cabida en la corte celestial oficial. Hubiese sido mejor, aunque de una modestia inadecuada al periodista que la propuso, la iniciativa de que el nombre de Santos Cerdán se le adjudicase a un largo túnel ferroviario, a una mina de carbón ruso o a una estación de metro, subterráneos con impronta popular y proletaria, mucho más apropiados para homenajear a un hombre de costumbres rastreadoras y hozadoras.