Leo en un titular de la Voz de Galicia del día viernes, 23 de mayo de 2025, que un nonagenario ha sido condenado a “Once meses de cárcel por golpear con una azada a un perro que le mató dos gallinas”. Además de esta pena de cárcel, con la que el hombre se conformó para evitar males mayores a la vista de la imparcialidad premeditada judicial, también fue condenado a pagar 1000 euros de indemnización al dueño del perro que, al parecer, quedó un poco chosco y con el olfato deteriorado para perseguir conejos, perdices, urogallos, o gallinas campestres (el perro, eh). Sin embargo en todo el desarrollo de la crónica periodística no encuentro nada que diga a cuánto fue condenado el can por el asesinato alevoso de dos gallinas, con la consiguiente pena por responsabilidad subsidiaria al dueño del perdigueiro (era portugués, el podenco); ni se hace mención a la compensación por los daños causados a las aves cacareadoras, daños definitivos una vez que se ha certificado el óbito aviar por parte del forense de turno (bastó una simple confirmación ocular, no hubo de llevar a los dos cadáveres al depósito refrigerado). El juez, lleno de buena intención y de ecuanimidad, pensaría que una buena pepitoria puede solucionar un funeral, ya que él tiene comprobado que un manjar de ese jaez quita penas lo mismo que una copa de un buen coñac, un sol y sombra o una lavativa de agua mineral con gas en una sauna de confianza. Pero a mi, sin embargo, me parece que en este caso hay un ejemplo de flagrante desigualdad de las mascotas ante la Ley, la misma desigualdad que nos acompaña a los simples humanos mortales cuando nos enfrentamos en pleito con los dioses inmortales del poder político o económico: la balanza de la Justicia oscila siempre peligrosamente hacia el lado más flojo de remos y se escora la barca del lado de los plumíferos frente al de los cánidos. Dejando de lado que el Viejo tenía malas pulgas tal vez contagiadas por las sus amigas las aves, si yo hubiese sido su abogado hubiese utilizado la atenuante de ofuscamiento romántico para lograr la absolución del imputado, porque aquellas pobres gallinas podían considerarse plenamente parlanchinas domésticas mascotas dulcificadoras de la ancianidad del agresor. Porque ¿cuál es la diferencia entre una mascota de plumas jaspeadas, amante de lombrices y otras delicias gastronómicas, y un podenco portugués con pelo de color entre blanco, negro y canela, pervertido persecutor de indefensos herederos semivolátiles de los antiguos dinosaurios? ¿Acaso, Señoría, esas pobres desdichadas no ponían un huevo de vez en cuando; con ese huevo no se podía hacer un flan y con el otro una tortilla francesa (de una yema), además de la seguridad moral que a un escéptico con una azada en la mano le supondría saber que hay algo tangible, geométricamente perfecto y nutricionalmente excelso como son los huevos de gallina (no nos remontemos a Colón), mientras de las dotes venatorias del perro asesino agredido nada hay probado mas allá de la palabra de su dueño, el cazador (todos sabemos lo mentirosos que pueden llegar a ser los cazadores de pluma y pelo), además de la certeza de que tiene muy mal carácter como para hacerse querer por nadie? Los perros son responsabilidad de sus dueños: sus meadas, sus cagadas y sus mordiscos alevosos deben caer en la conciencia de sus propietarios como un baldón indeleble, y aun más si sus fechorías se perpetran en una propiedad ajena o en una propiedad común como es la calle, sin mediar en el hecho luctuoso de la cagada, la meada o el cardenal del mordisco, la legítima defensa o la preservación de la propiedad privada, principios fundamentales del Derecho Natural, ya lo decía Don Francisco Puy. Si yo hubiese sido el juez de esta causa perdida me hubiese puesto de parte del propietario de las gallinas masacradas utilizando para la absolución del pobre hombre propietario de las mismas el argumento que usa nuestro Gobierno para sus tropelías: que son animales que pertenecen a la categoría de Bien Común y por lo tanto: “declaro absuelto de todo cargo a su propietario y afligido deudo…”. En este país ya no se piensa en las impávidas proletarias productoras ovíparas al por mayor y al detalle, tan solo se tiene en cuenta a los hipócritas y sucios productores de lametadas en los morros, falsos ladridos de agradecimiento, arrumacos aduladores en la alfombra y movimientos generosos de rabo.