Me gustaría saber si en las fábricas de este país aun funciona algo y algo es fabricado, si la leche que se le roba a las vacas no se transforma en hollín, si los campos de lavanda son transformados en verdad en jabones olorosos y si los jamones de pata negra son decorados antes o después del sacrificio. Me gustaría verlo con mis propios ojos y que nadie tuviera que contarme las bondades del sector productivo, porque en este país desde hace algún tiempo parece como si nada funcionase y estuviésemos viviendo de un milagro cristiano en el que las subvenciones europeas se transforman en panes y peces para que comamos y durmamos el sueño de los hipnotizados. “The loaves and the fishes”, qué bien hablo el idioma de los colonizadores imperialistas que nos tienen asovallados por el norte, por el sur, por las derechas y por las entrepiernas. Aquí, en este rincón del mundo con forma de hebilla de cinturón, no producen más que unos cuantos esforzados, cercanos ya al esclavismo de las grandes decadencias imperiales. Los demás somos unos parásitos más o menos succionadores y soberbios de pecado mortal.
He echado un vistazo a mi familia, la más cercana, digamos hasta los primos hermanos, y he concluido que, a ojo de buen cubero, el 90 % pertenecemos a esa clase social de los improductivos inmediatos, yo mismo soy un parado que vive a cuenta del favor de la caridad estatal moviéndome contra las agujas del reloj vital que me llevan a su grupa hacia la inanidad total, hacia la inexistencia fiscal y hacia la fantasmagoría nebuloide de la muerte; los demás familiares de este que suscribe son funcionarios de una u otra administración, central o autonómica (por el momento libramos de la municipal fábrica de electricidad), un par de autónomos resistentes a la lepra y algún que otro jubilado pesaroso refugiado en la capilaridad de los nietos a base de parques infantiles al atardecer, meriendas con una mano libre, días de diario de recogida del cole, sábados de futbito y videoconferencias de güasap. Entre los demás, ejemplares de magníficas mezclas raciales de judíos, moros y cristianos, destacan algunos médicos y algún veterinario, a los que sí podemos meter en el sector de los productores y gentes respetables, ya que unos se dedican a sanar bestias que nos dan de comer y los otros a sanar trabajadores primarios y secundarios que también hacen su labor nutricia. Si el mundo fuese justo y cada quien recibiese en este lado de la frontera el premio que se merece, la mayoría podríamos desaparecer para siempre en las fauces de la inteligencia artificial y nadie, más allá de los deudos cercanos, nos iba a echar de menos: al día siguiente la sopa iba a estar tan abrasadora y aburrida como hoy, en el caso de que aun el Gallo cante sopa, sémola de trigo duro. Cuando observo a mi familia improductiva, semiproductiva y proactiva reculante me pongo triste en un primer momento. ¿Qué va a ser de nosotros si los chinos dejan de hacer chinerías y los alemanes se hartan? Tengo la impresión de que hemos entrado en una economía circular de subsistencia precaria en la que en cualquier momento todos los que colgamos por los pies de las ramas más bajas del árbol terciario, como los murciélagos, podemos caernos de cabeza si los que nos dan de comer acaban por darse cuenta de que les estamos tomando el pelo con nuestras tecnologías sordas y con los documentos por triplicado; y van y se mueren en una epidemia de asco. Pero entonces se me ocurre que aun no estamos condenados sin remisión al Infierno de los Inútiles: entre todos estos parientes no hay ni un solo político. Tal vez seamos unos sujetos ciudadanos poco fornecedores de bienestar general pero por lo menos no vivimos del vampirismo constante, engordando, como los capones de Villalba en sus capoeiras, a base de pelotazos de maíz y vino Getafe; como las sanguijuelas orondas a base de cambalaches y cazos que ahora, en el Madrid de “la Libertad guiando al pueblo pero sin enseñar teta”, denominan lobis; como garrapatas amorradas a las ubres escuálidas del Estado-Perro, del Estado-Rata y del Estado-Mono, pasándose subvenciones, contratos amañados y comisiones de un Estado al otro, en esa partida de julepe continua en la que se levantan los rojos y se sientan los azules, hacen trampa los trileros y disparan al pianista los pistoleros. Y vuelvo a ser feliz y les vuelvo a tomar aprecio a todos estos semi-movientes familiares cercanos que casi no producen más que sombra pero no roban a nadie.