Tengo un alma plebeya y ramplona de la que me es imposible desprenderme así me disfrace de conde zamorano, de barón rampante alemán o de presidente de la II República con chistera y botines anticaca. Se me van los ojos al tocino con hebras y me gustan las mujeres un tanto pasadas de kilos y de capilaridades recónditas. Y este alma procaz y chabacana me lleva a cometer las indecisiones más indecorosas, me impide ponerme juicioso ante las mamarrachadas nobles y filantrópicas y me carga el álter ego de escepticismo ante la seriedad del tendero burócrata del ultramarinos gubernamental que adquiere en sus frases rancias el mismo olor que la hoja de bacalao que cuelga de un gancho en su bodega. Un tipejo, ese soy yo, así que cuando veo las reacciones al consejo de los lechones lactantes de Bruselas sobre el maletín para sobrevivir 72 horas a cuerpo de rey tras desastre provocado por ellos mismos, se me vinieron a la cabeza unas cuantas imágenes en absoluto patrióticas y de superviviente tras accidente bélico contable. No voy a hacer alusión al papel higiénico, a las compresas y tampones al por mayor ni a las latas de mercurio con atún y cebolla que recomiendan comprar deduciendo el gasto en la próxima declaración de la renta, esa cuyos impresos nos llevaremos al agujero con el temor de que, por fuera de plazo, la Hacienda del Más Allá nos calce una multa de palo y tentetieso y los intereses de demora eternos se acumulen en las calderas del Infierno. A mí estas instrucciones de los idiotas de Bruselas no me hacen mella en mi espíritu torcido y lo primero que se me ocurre, cuando esa señora del maletín con pintalabios y fusta sadomaso me aconseja hacer acopio de gominolas de melatonina, es saber cómo le llamaría a su padre si tuviese la suerte de saber quién es. Hay carreras hacia la desintegración moral mucho mas rápidas que la formación de la única idea que puede crear un cerebro podrido. Cogeré unos kilos más en torno a mi ombligo para que la grasa me quite el frio; y me llevaré a mi refugio anti imbéciles un libro comestible, de esa manera estaré tan tranquilo otras setenta dos horas más en una posición de buda borracho pasando las páginas adelante y atrás con ayuda de ese dedo que los poetas de la circular denominan corazón y que yo mojo con la lengua, la misma que me sirve para mandarlos a todos al carallo. A un lugar demasiado valioso para acoger a estos robaperas que nos gobiernan y a aquellos que pretenden gobernarnos.