Me he convertido en sueco y no me pregunten cómo se ha podido producir ese milagro. Quien se cruce conmigo por la calle jamás podría sospechar que se está cruzando con un genuino y prototípico representante de ese orgullosos pueblo hiperbóreo. En eso de que las apariencias engañan sigo teniendo consistencia de gallego pero en realidad soy un sueco como la copa de un abeto de los bosques de Hamra. Quien se cruce conmigo por la calle y pueda reparar en mi cuerpo (también es otra actividad difícil de llevar a cabo ya que en mí no repara nadie porque la masa paseadora no sabe que soy sueco), verá a un señor de apariencia feble, de estatura remisa, de ojos dormilones poco azules y más bien color de la canela en bruto, y de pelo hirsuto de zíngaro nada rubio como la cerveza. Y entonces en su fuero interno pensará que ese elemento humano que deambula con paso poco firme, por la acera cagada y meada de perros, es un gallego, un ponferradino o un fulano de Badajoz característico; o no pensará nada, como habitualmente; pero lo que indudablemente no pensará nunca es que yo sea un sueco. La gente tiene una idea preconcebida de los suecos basada en la lectura compulsiva en la ESO del teatro de Strindberg, la visión hipnótica de las películas de Igmar Bergman, la inmersión caliente en los asuntos de Swedenborg, y la conducción alcohólica, por la izquierda, de un coche Volvo, y me puede llegar a discutir que yo sea un genuino sueco de pura raza sueca, pero yo les vuelvo a asegurar que lo soy, carallo, claro que lo soy. Me siento sueco y ya he empezado a comer como un sueco, sin onomatopeyas.
Y se preguntará esa misma gente especulativa e impertinente cómo se ha producido mi metamorfosis al sueco, cómo se ha desenvuelto la transformación en forma de combustión interna, si todo mi superego aparenta ser un caldo de carne popular gallego con berza, si parezco un tipo más bien heredero de cruce entre legionario romano de O Tameirón mezclado con una judía del Barco de Ávila; un sujeto al que le suelen sobrar parte de las perneras del pantalón y unos centímetros cuadrados de nariz. La respuesta es muy sencilla: he sabido que soy sueco porque a mí no me hace ni pizca de gracia el magazín televisivo de un tal Broncano, el del Bombo, ni los chorretones jacarandosos de Wyoming, con los que mis ex compatriotas se escachan de risa por su humor nativo y genuinamente español, tan español como el de Ortega y el de Gasset, humor comentado por los filósofos de lo cotidiano en sesudos tratados sociológico-humorísticos, en profundos y hondos periódicos y en etéreas televisiones para lavativas. Tengo, pues, humor sueco, y de los humores corporales se pasa, en lógica evolución, al alma sueca, porque cuerpo y alma, sangre, carne y espíritu, son una unidad trascendente que espera su contacto íntimo con la divinidad en la larga noche de la eternidad. Lo que más temo en mis horas de triste soledad, sin un dulce humorismo sueco que llevarme a la boca, rodeado por todas partes por el humor español, vasco y catalán es que el Gobierno me obligue por ley a dejar de hacerme el sueco y tenga que volver a reírme a carcajada limpia de las ocurrencias televisivas de inmersión social de la TVE, bajo amenaza de destierro en caso de desobediencia ¿Resistiré? Lo dudo.
Parece ser que el filántropo Elon Mask está intentando construir un cohete que se lo lleve a él y a unos cuantos elegidos a vivir al planeta Marte. Es una primera prueba del enorme amor que este hombre (o lo que sea) tiene a la Humanidad, ya que si Elon Mask se va a Marte nos quedaríamos sin Elon Mask por una temporada. Se me partiría el corazón verlo partir pero deseo que el lanzamiento del cohete sea un éxito rotundo. Dado que ahora mismo no parece posible que, una vez se llegue a Marte, después se pueda volver, quedaría plenamente justificada la generosa hazaña y en el Planeta Azul, los sobrevivientes huérfanos de tanto amor como destila ese hombre (o lo que sea) celebraríamos (con tristeza hipócrita) la avanzadilla del progreso en los espacios siderales. Lo que se necesita son hombres temerarios que funden, en las profundidades de esa selva que ya es el espacio exterior, unas factorías coloniales que recojan todo el marfil posible de los elefantes marcianos, para solaz y provecho de los terrícolas rastreros y sus mercados bursátiles. A cambio, la impecable moralidad humana terrícola se abatirá sobre los rojos páramos de Marte Invicto. La metrópoli terrestre agasajará a estos pioneros, que ponen en peligro sus propias vidas, con el más atronador aplauso que se haya escuchado después de la VIII olimpiada de Barcelona y con una estatua frente a las oficinas de Wall Street. Elon Mask, en Marte, amará a los marcianos como nos ama a nosotros, les construirá cárceles y circos máximos y a los que no trabajen para él los siete días de la semana marciana (mucho más larga que la nuestra) les permitirá visitar los jardines de sus Villas palaciegas, construidas a imitación de las que tuvo que abandonar en su viaje de exploración cósmica. Nosotros desde aquí envidiaremos la suerte de esos lejanos desdichados que por fin verán la luz del progreso a través del polvo rojo de las tormentas de arena. Las últimas noticias que tengo de la vida en Marte proceden de mis lecturas infantiles de Edgar Rice Burroughs, así que desconozco cómo ha evolucionado aquella sociedad más bien medievalizada y un tanto inestable, pero tengo ciertas dudas de que la bondad de Elon Mask sea fácilmente entendida por los recalcitrantes indígenas a los que se les pretende civilizar a costa de expoliarles de sus riquezas. Pueda ser que se resistan, surjan partidos nacionalistas de corte marxtista y haya grandes y crudelísimas matanzas para recuperar la independencia que puedan haber perdido en el proceso colonial. Esperemos que ese proceso sea lo más corto posible y que las noticias que nos lleguen a través de los satélites artificiales que saturan la órbita terrícola, de ese planeta que centellea con un fulgor rojizo en mis noches claras, sean halagüeñas para Elon y satisfactorias para los que ya no gocemos de su presencia (porque a diferencia del hombre arrojado, somos mortales), pero iremos disfrutando de las riquezas que lleguen a nuestros hipermercados de materias primas cuando el transporte interestelar esté en pleno funcionamiento y sus naves regresen de más allá de Orión como quién no quiere la cosa. ¡Salve Elon Musk!