Bajé a la playa como de costumbre. Con la intención de caminar. Dejé mi silla, la toalla y utensilios varios, la crema para el sol, libro -que nunca falte- y me llevé el cuerpo de andaina por la arena. De repente, sin premeditación, ni alevosía habida cuenta del cuasi delito que es no levantar un palmo de narices a cada salto, me puse a correr. Muy despacito, claro. Pero tan sorpresivamente como Forrest Gump, aunque a mí solamente me seguía mi propia sombra, y para eso cuando el sol estaba en su justa posición pues en otra parecía ser yo quien seguía a la sombra -véase la foto-. En todo caso, me alegré mucho de haber conseguido este hito para que cuando vengan mis dos nietos mayores, ambos deportistas, poder correr con ellos sin dejarme hígados, piernas y corazón por el camino. Mi sombra me estimula e inspira el otro lado del ser consciente, es decir el subconsciente, que forma parte también de la misma carrera de la vida. Sigo con mi asombro. Ese asombro que parece salir por letras en masculino de la misma femenina sombra a fin de sorprenderme en cualquier momento, sin preaviso, al menos consciente, y aquí tendría que preguntárselo a mi sombra para que me explicase tanto asombro. Ahora, con las endorfinas a tope después de casi diez años sin hacer carrera, para bajarme un poco este animoso estado a la luz del sol pre veraniego ha llegado la niebla como otra sombra, indeseada, otra vez para gritarme esa clara dualidad de la vida, el claro oscuro de la razón. La verdad de todo esto es que estoy contento de mi correr. Como dijo Kafka: “soy muy ignorante, pero la verdad, de todos modos, existe”. Y mi verdad de esta crónica es que hoy he vuelto a correr. Mañana será otro día y se verá, pero no será tan única la experiencia como la de hoy. Y que conste que un asombre no llega sin otro, así que hoy recibo llamada de un conocido que jamás me había llamado antes al teléfono. No quería nada sino devolver una llamada, que yo no hice. Sin querer sería pero con desconcierto ¿Qué será pues? ¿Un indicio de qué? A saber.