Es domingo. No voy a misa, como de costumbre. Quizás a caminar, para darle vidilla al cuerpo y producir endorfinas, que falta hacen siempre. Estaba leyendo El Reino de Carrère cuando se cruzó en la actualidad Julián Barnes por ese Princesa de Asturias que le han concedido. Lo tenía agendado para leer cuando tocase, pues su título ya indica su interés, pero esta circunstancia aceleró su momento. Y lo terminé hace diez minutos. La IAM (Recuerdo Autobiográfico Involuntario), la ejemplifica con la magdalena de Proust, una historia de amor que se vive por duplicada y por dos veces dolorosamente, su cáncer que es de la mitad de la población, la vejez y la muerte son teimas del escritor que convierten este libro en un libro triste y melancólico, pero tan real como su vida misma y la de todos. Tiene algo de humor y ciertas chispas que se engarzan de alguna manera con algo que el señor Lamas lleva reivindicando como otra forma de amar, en su caso con la teoría del coito cognitivo, en el caso de un amante universitario de la protagonista en la historia de amor que cuenta en la novela; cuenta Barnes que esa mujer a la que besó y le dijo que con ese beso le hizo sentirse puta -curioso- tuvo ese amante que antes de hacer el amor le ponía un cuarteto de cuerda de Beethoven, siempre el mismo, que cree era el Opus 131, que bien podría ser el 127. Despedidas a decir del autor en su última página, será su último libro y quizás su última resaca antes de pasar a mejor vida, bueno en su caso no dice que vaya a pasar a ningún lado, puesto que es agnóstico/ateo, la cosa no está clara. Y ahora volvamos a la III parte de El Reino, de Carrère, a Judea (50/80) y La Investigación, que más que novela es un gran ensayo sobre Pablo, Lucas, Jesús, la fe y la vida, y el propio Emmanuel.