Amanece hoy en la playa un día azulado insinuante para pasarlo bien. Pero antes de darse uno al vicio de pisar arena abro los digitales y en el caso de lo local ourensano observo dos propuestas que tienen que ver con vivir cara al río de una puñetera vez. Por un lado, el proyecto de un estudiante de A Coruña que propone unir más las dos orillas mediante nueva pasarela debajo del viaducto; y me parece bien, cuánta más conexión, mejor, pero que no se olvide que la ciudad debe perseguir la limpieza y el mantenimiento de lo que tenemos antes que hacer nuevas fuentes de vandalismo que nadie enfrenta.
Y para muestra el botón de la pasarela de Outariz donde en su día hicimos una intervención el comando cercano para denunciar el estado pintarrajeado del blanco nuclear de esos postes tirantes que tiene.
También nos muestra hoy un periódico la infografía de un proyecto balneario donde antes estaba la casa termal del Puente. Y estaría muy bien que al fin vayamos tirando de Ourense desde los recursos endógenos que tenemos a fin de tratar de dar vida a una ciudad que se queda respecto al resto de capitales. Si no lo hacemos nosotros, aquí no va a venir nunca un proyecto de envergadura con apoyo desde fuera como pretendimos algunos poner encima de la mesa a ciertos poderes, léase Universidad Privada de la Salud, pasando olímpicamente hasta pensarse mínimamente. Aquí no vendrá esa potente inversión pública para que los chinos se instalen tal como el Ferrolterra, ni puertos exteriores o pobres aeropuertos, Administraciones de Xunta ni Citroenes llamados Stelantis, ni mucho menos; luchamos en el interior cual Arizona, como le llamaba en Galicia Borrosa el Lamas a esta parte de Galicia, frente a lo que también acuñó para la otra parte, la costera, como Galifornia, aplicándose además el principio de San Mateo: Porque al que tiene le será dado y tendrá más, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (Mateo 25:29). Esta podría ser una esperanza para Ourense, un potente y de
cidido mirar para nuestras riberas y sentir las surgencias que de suyo nos regalan para tirar como locomotora de una ciudad fundamentalmente geriátrica, que no tiene por qué estar nada mal.
Pero volvamos a reivindicar que lo que nos quitaron en su día nos lo devuelva la ingeniería estatal, como es soterrar la carretera que clava como una ajuga el ojo del puente romano a su paso por toda la orilla izquierda de nuestra ciudad. Es ambicioso, pero no por ello injusto recuperar ese espacio.
A todo esto, yo me quedo con el Miño a su paso por la ciudad pintada por mi tío.