Aunque ver pasar barcos enfrente de nuestra vista nos recuerde a los barcos detenidos en otras aguas no atlánticas como las de Ormuz, aquí no hay peligro ni muerte ni miedo, aquí lo que pasa es un crucero de placer hacia Vigo con más de tres mil quinientas personas a bordo, que es otro tipo de locura, pero muy distinta. Este paso de barcos lo observé desde el paseo de la playa de Samil, donde en la esquina norte han quitado chiringuito y paseo antiguo y ha ganado belleza y dunas que siempre se agradecen. Un paseo por este entorno resulta muy curioso por las gentes que observas, tan diferentes y que llevan consigo su propia novela. Por ejemplo, la chica sola que toma el sol con la mirada puesta hacia el paseo como si estuviera a la espera; pero ¿a la espera de qué?; pues parece que para algo prohibido por la ley que no por la costumbre, y digo ‘parece’ porque observo a un hombre que se detiene precisamente enfrente de donde está ella, no la saluda abiertamente sino insinúa la duda de sí o no da un paso más que mirarla; ella, discretamente, sin levantar su brazo con la mano en su postura decúbito prono le indica que se acerque, y él duda, otra vez, que si sí o no, hasta que arranca de nuevo a caminar y alejarse de la tentación. También observo a un hombre moreno de playa, muy moreno, con gorro y melena blanca, que se para en el mismo lugar, pero simplemente para sacarse un pantalón y la camiseta, descalzarse e ir hasta las rocas del extremo donde deja esta ropa; espero por si éste se acerca a la mujer tumbada, pero aquí no hay duda, él es un paseante playero y emprende su camino por la orilla tal como lo veo cuando levanto el culo de este asiento privilegiado para observar lo variopinta que es mi especie. Mucho más se ve, pero con mi imaginación de la chica tumbada a la espera de un amor interesado, basta.