Me hago mayor. Lo noto mas que en huesos y músculos, o en la memoria, en el hartazgo de ánimo al ver la degradación del comportamiento social. Por ejemplo, el que comportó, paradójicamente, una victoria, como la del París Saint Germain. Ver a estos energúmenos, o más que bestias, porque hay que ser animal puro aquel que sale a la calle a festejar un triunfo de su equipo con la idea de que todo está permitido para dar rienda suelta al más bajo y reprimido instinto de tocarle los huevos al prójimo por simple gozo, venganza u odio; ver a estos actuar tan incívicamente, provoca asco a cualquiera que proclame la paz y no la guerra. Hoy he visto una escena pavorosa cuando la horda oportuna no deja circular un coche mercedes que ocupan tres chicas aterrorizadas y al pararlo lo vandalizan con ellas dentro; los salvajes golpean con palos, patadas y todo objeto que llevan en la mano, capó, puertas y ventanas, amén del interior del que ellas salieron, yo no sé con qué destino, porque no se ve y porque a la vista de lo que “sí” cualquier cosa es imaginable. Los datos generales de este día jubiloso de conmemoración futbolística hablan de más de ochocientos detenidos, dos muertos y a saber los heridos, sobre todo policías, además de saqueos y destrozos de todo lo que se les pone por delante. A mí me recuerdan los gritos que pegan a gruñidos del planeta de los simios, ¡uu uu aa aa! Pero indigna también el hecho de que la euforia de todos los componente del Club, pese a este vandalismo con dos muertos nada menos, no se haya desinflado ni mínimamente, pues de ahí a que importe un bledo esta degeneración humana no va ni un penalti fallado.