La noticia me cogió fuera de Ourense, pero fueron varias las personas que me la dieron: que murió Juncal, médico otorrino conocido en la ciudad, no solo por su profesión, que ejerció hasta el final de su naturaleza con decidida dedicación, sino por ejemplo de persona seria y honesta, socialista auténtico por convicción que no espurio interés, y por su faceta de escritor con varias novelas publicadas (ay, Nobel, que no las quisisteis tener en vuestra librería hasta que os pidieron ejemplares y, entonces sí, las solicitasteis). Una noticia corre así, veloz y repetida, cuando el que la protagoniza interesa de verdad, cual es el caso de Juncal. Porque, además de gran profesional, era buen amigo, todo un valor a destacar, al que no hacía falta más que pedirle consulta por simple watssap para que recibiera a uno de inmediato y ver garganta, oídos o nariz, sin más interés que recordar un rato a los que nos unían con gruesas cuerdas de afecto. Juncal era un gran tipo, al que por su forma de afrontar la enfermedad me lo imagino esperando “lo definitivo” -lamentablemente para los demás, ya le aconteció- como quien sabe si, en realidad, la muerte es el mayor de los bienes. Dios lo quiera. Para él y para todos los que queremos e incluso para todos los que no. Ayer, que paseaba por Vigo a la espera de ir a un concierto de jazz de amigos músicos portugueses que actuaban en el Vitrubia, al saber lo de Juncal y encontrarme a Jorge Vieito, inevitablemente me acordé también de otros muertos, ya que Jorge me había cortado el pelo el mismo día que fui al programa de “superpiñeiro”, así recordé a este cercano José Manuel Piñeiro, que de la pantalla de Televisión pasó a ésta todo negro para la visión humana, al igual que recordé al que hacía pocos meses vi en la misma calle aunque acera de enfrente y que ya marchó definitivamente, Fernando Franco. Esto ahora es un no parar, porque no paran los cumpleaños en una edad más cercana de la muerte que de un renacer. Nos queda pensar sin dramatismo, con Montaigne: la muerte es un proceso natural que no debe temerse. Afirmaba que “filosofar es aprender a morir”, ya que pensar en el fin de la vida de forma racional nos libera de la angustia, nos ayuda a vivir con plenitud y nos despoja de toda servidumbre. Amén y GRACIAS, JUNCAL, descansa en paz.