(“Un viejo folio” (Kafka). Es imprescindible leer esta profecía bíblica antes de seguir. Si acaso, después, ya no lea lo que sigue)
“El que tenga sus reales hace muy bien en cuidarlos pero si quiere aumentarlos que a la ley no se haga el sordo…” (Atahualpa Yupanki)( Me gusta la versión de Cafrune)
Un Estado no es una ONG. Un Estado se debe, en primer lugar a aquellos que han firmado un pacto tácito con él, a aquellos que han permitido que se les robe parte de sus ahorros para que se los proteja de los malhechores, para que les cure la piel sarnosa, para que haya lugares por los que se pueda circular libremente sin temor a caer en el abismo, para poder tomar una cerveza a las doce de la noche sin que te enchirone la Policía de la Virtud. Un Estado Europeo Democrático (¿) es una condescendencia insatisfecha y molesta, a cambio de trabajo, de un bache parcheado en una carretera, y de un respeto a las normas que en teoría son iguales para todos. Un Estado no puede tolerar un Toyota con cuatro ametralladores borrachos recorriendo el barrio. Un Estado se crea sobre una Nación de hombres que piensan y trabajan juntos durante muchos años. Los Bárbaros utilizaron las vías romanas para acercarse, con sus cuchillos, sus carros, sus mujeres y sus niños, hasta Roma y sus ciudades-espejo. Roma: sus puentes, sus caminos, sus mansiones y posadas, sus acueductos, sus balnearios, sus templos y sus dioses, fueron utilizados y mancillados por aquellos que no habían creado nada allí, viniendo de lugares en los que los caballos pastaban libremente, los dioses eran troncos de leñera y las noches eran más oscuras y duraban seis meses. Roma no se hace respetar, se echa en manos de sus mercenarios, es saqueada y destruida a lo largo de unos siglos (el Imperio era demasiado poderoso para ser destruido en un momento) y de esas ruinas surge una Europa funesta, analfabeta, pobre y cristiana pero que es capaz de esconder a los ojos de la barbarie unas nueces de Humanidades y Cultura clásica, que le servirán algún día para salir del letargo. ¿Y ahora, qué va a ser de nuestra Nueva Roma? Demasiado tiempo construyendo algo ruin y codicioso pero medianamente tolerante para dejar que, en unos pocos años, todo quede reducido a cenizas: la idea de civilización, de igualdad entre los hombres, de respeto a la propiedad ajena, de unas formas de entender a la propia conciencia y a los dioses indiferentes y lejanos. Roma fundó su prosperidad sobre la esclavitud, pan gratis y circo. Europa ha fundado su prosperidad sobre otra esclavitud de consumistas desaforados y desidiosos, de fútbol y otros circos narcóticos audiovisuales subvencionados, pero que aun es capaz de construir servicios para bien morir y vivir con cuatro perras, poder deambular libremente, poder leer un periódico sin censura excesiva, poder votar a los cuatro mierdas y poder cagarnos en su puta madre. Cuando los bárbaros devoren toda la herencia del capitalismo liberal se producirá el cambio de Régimen y de Era, por enésima vez en la historia de la Humanidad. Los que gobiernan aquí y allá son cretinos o majaras a los que el futuro de las patrias les importa una higa. Europa perderá su poca libertad a manos de los invasores que desprecian lo que encuentran, trabajan honradamente para ganar su futuro y el de sus crianzas y tienen más hijos que todos estos viejos decrépitos que ya no sabemos meter la llave en la cerradura, sea esta la que sea, y guarde esta lo que guarde.
FÁBULA POLÍTICAMENTE CORRECTA 8.
SUMISIÓN QUÍMICA EN LA GRANJA. Parte I
A la orilla del camino el Ministro de la Gobernación triscaba al descuido unas cuantas margaritas; algún diente de león también era víctima inocente de su ensoñación culinaria y una desdichada caléndula le ayudaría a hacer la digestión de las mondas de patata cocidas que había ingerido en aquella larga velada con los loros periodistas que seguían las peripecias de La Granja. Parecía preocupado y absorto y, a veces, restos de barro seco decoraban las comisuras de su hocico. Las cosas no pintaban bien en la conservación del orden y de la paz interior de la “Animal Farm” (como la denominan los cursis en sus editoriales): se desmadraban los perros salvajes, atacando a los que osaban pasear al atardecer a lo largo de la verja mirando las estrellas que se movían azules a lo lejos; los bueyes proletarios importados se habían puesto de huelga; y las conejas dejaron de salir de copas, con lo que la natalidad descendía; los topos zapadores vivían de la leche de las vacas pintas y el zorro imprimía unas páginas pornográficas que abducían, a través de internet vía satélite, a los pollitos y pollitas. Las ocas escondían sus huevos y robaban los de las patas; y los caballos percherones se habían jubilado opíparamente dedicándose a viajar, conocer a otras yeguas y a bailar rumba frente al lejano mar del mundo exterior. Ante esta cadena de acontecimientos el Padre Cerdo no había movido ni un solo músculo de su culo, se había refugiado en las bodegas de la Casa de la Colina y parecía haberse descuidado de los problemas más acuciantes de sus súbditos (a los que en los viejos tiempos se dirigía llamándoles compañeros y compañeras). Tan solo los peces rémora de los grandes tiburones del estanque parecían vivir tranquilos sorbiendo con deleite las excrecencias que les crecían a aquellos entre las uñas de las aletas. Comenzaba a rondar la escasez como los lobos rondaban el redil de las cuatrocientas ovejas medio muertas de miedo e inanición; y pronto el hambre se apoderaría del duro invierno. Del Padre Cerdo se oían rumores de que tenía pavor a la luz del sol de la calle y llevaba permanentemente una gafas de aviador contrabandista; de que tan solo se rodeaba de una corte de aduladores y de guardias escogidos entre los dingos, que habían entrado a través de las rotas alambradas de la verja, y de unas concubinas que cantaban en un coro de gallinas. Se decía que había engordado tanto que había que darle la vuelta en la cama con ayuda de una pala de panadero adquirida de contrabando. El ministro de Gobernación no podía confirmar ni desmentir esos rumores, hacía tiempo que no se había convocado el Gran Consejo y todas las noticias de las que disponía ascendían desde los sótanos envueltas en los murmullos apagados de los sirvientes, cacareados entre ellos mientras se acicalaban espulgándose mutuamente en las habitaciones del servicio doméstico. Las ventanas de la Casa de la Colina permanecían cerradas a cal y canto y tan solo se abría la puerta principal para dejar entrar los carros de abundantes vituallas delicatesen y alguna paloma joven que nunca volvía a salir. El pingüino Rufino, elegantón y orondo, evacuaba consultas con el Padre Cerdo, entre ruido de medallas y condecoraciones, recados del exterior y consignas secretas depositadas en los cerúleos oídos del Amo. Una sardina confidente asomaba entre las plumas esponjadas de su culo, y se movía por las cloacas de la misma elegante manera en que se movía por los despachos superiores. Hay que recordar, hacer hincapié, que Rufino era ducho en grandes navegaciones interoceánicas y solo la mala suerte y el amor de su pingüina le había hecho decidirse por un cargo burocrático terrestre teniendo que ocuparse de varios ministerios, de la contabilidad de la Casa de la Colina y de la contratación de camareros que sirvan al Padre Cerdo en sus caprichos y necesidades. (Continuará)
(Nota: ni que decir tiene que esta vez no han sido los señores Iriarte, Esopo y La Fontaine quienes ha dirigido mis pasos en la redacción de esta crónica. Ni siquiera Perrault. Ha sido la colaboración tácita de Orwell de la que se ha valido este humilde periodista de la actualidad para dar sentido a su escrito).