Hacía días que no salía por esta ventana, pero es que hay días también en que uno no se levanta de la cama, ni siquiera abre otras ventanas para ventilar la casa donde mora. Días para la pereza y/o días que no merece la pena la preocupación por la relación humana más allá de la que nos da la amistad y familia. La verdad, hay días en que uno apagaría la conexión con el mundo al ver la idiocia que abunda, o el interés más espurio que hace defender a ZP hasta a algunos cuerdos ilustrados. Mas hoy la cosa va de ‘Marlon la observadora’, y mientras ocupamos los habituales nuestra mesa de La Garza al lado estaban ellas, nada menos que siete, como si fueran las siete hermanas de la peli, mujeres jóvenes que alegraban nuestra media de edad. Una, con la camiseta del Depor y varias con el pitillo en la boca ¡oh, cuán maravillosa es la suerte de la juventud que ve tan lejana la muerte, para fumar sin problema!; charlan alto (bueno, eso cuando charlan entre ellas, porque la cabeza gacha no es por verguenza sino por el puñetero móvil que nos aleja tantas veces de lo más cerca), están alegres, por ello al irnos no puede el periodista dejar la curiosidad de lado y les pregunta si son de aquí o de otro lugar: de La Coruña; y qué están haciendo en Ourense: pues han venido al Festival de música que dura dos días; y que hay de sus parejas, si tienen: claro que sí, algunas hasta pareja matrimonial y con hijos, pero… la vida es así, de vez en cuando una risa, un viaje y un festival con las amigas para darse vidilla. Por supuesto, eran del Depor, y me quedó por hacer encuesta entre ellas, como la que auspicia entre los socios el presidente del club coruñes Juan Carlos Escotet, sobre si llamarle al Deportivo… A Coruña o La Coruña. Para otra vez, que seguro no habrá.
Y al volver a casa después de este buen rato con los amigos tertulianos, al pasar por la iglesia de los franciscanos, escuché el canto y entré. Estaban en misa, justo antes de la consagración y me quedé a ella, quizás influenciado por Emmanuel Carrère y su novela El Reino. La pasé bien, mucho mejor que todas aquellas a las que asistía por obligada devoción cuando era niño y cuyo final esperábamos para salir rápidamente hacia la Casa Sindical donde esperaban los conciertos de rock mañaneros. La verdad, además, es que esos techos tan altos, las paredes de piedra secular, la luz tenue y el silencio, además de imágenes y el sagrario, te recogen en un aura diferente al cotidiano que te hace descansar el ego y cualquier principio de soberbia y/o vanidad. Al final me paré en la fila donde recuerdo estar en muchas misas de pequeño con mis padres, al lado del retablo que entonces tanto me asustaba, lleno de personas quemándose en el infierno e implorando que las saque Dios de las llamas. Cuánto miedo me daba a veces, pero hoy ya no, hoy me hacen recordar a mis padres, y como iba a comulgar siempre mi madre y nunca mi padre. Este padre mío que hace dos días cumplió 38 años ya de su salida de este mundo y que, sin embargo, recuerdo como si se hubiera ido hace dos, queriéndolo como cuando estaba vivo, y por ello me fastidio al no tenerlo, como a mi madre, Adelina y Basilia, amén cantidad de seres queridos, que espero estén bien y nos guíen cuando lleguemos a su camino.

