Hace este año justamente cincuenta de la película icono para una generación de estudiantes de periodismo de la casi recién inaugurada entonces carrera universitaria de Ciencias de la Información. “Todos los hombres del presidente”, de 1976, contaba la historia del escándalo político del Watergate. Daba gusto ver a los periodistas del Washington Post, magníficamente interpretados por Hoffman y Redford, dándole caña a corruptos de talla presidencial, jugándose el bigote por sacar la verdad del turbio asunto y aclarársela a sus lectores contándola. Esto que debiera ser la norma del periodista, cual juramento hipocrático para el médico, hoy desgraciadamente para muchos es la cruz de esa cara, pues esos muchos son unos puñeteros vendidos a quien les paga que mejor harían, si fuera necesario, limpiar letrinas que la mierda la lleven pegada en sus trajes. Si hay alguno en especial que merece el mayor rechazo a su labor, busquémoslo en TVE, donde campan por sus programas con toda la cara para defender lo indefendible con tal de bailarle el agua a su amo. Es el caso de Javier Ruiz que hoy llegó hasta la mentira con las patas más cortas que su ética, que ya es decir mucho, argumentando el auto del juez que ha imputado a Zapatero cual si fuera auspiciado por una organización de extrema derecha cuando es mentira, ya que fue la propia fiscalía anticorrupción la que prendió la mecha, en España, porque en Suiza y Francia ya seguían la pista de este presunto chorizo que lava la marca de cualquier dictadura con más cara que espalda. Estos periodistas bien pagados y peor formados, que están a la orden del poder, son deshechos profesionales que en una regresión a la Facultad los imagino apestados y apartados de los demás por ser anodinos y los pelotas de la clase profesoral. A ver mañana que se inventan para vender nuevas motos con que tapar el escándalo Zapatero que mejor hubiera estado si se dedicara a criar conejos. Vaya corrupción tenemos, amigos.