Hoy casi me parto la crisma en el casco viejo. Causa, la piedra levantada en el camino. Caí al suelo y seguidamente advertí que con diez años menos hubiese salvado el obstáculo sin este desenlace. Pero ocurrió, aunque a dios gracias no torcí el pie ni roto la nariz, cosa posible con estos Más Diez. Hay que arreglar estos suelos que pisamos por necesidad, pues de momento no volamos, porque la salud e integridad física de los vecinos es lo primero, ¿oído Concello?
Dicho lo dicho, hablemos de otras piedras en el camino, en el de la vida de los afectos pasados, que
causan herida, no tan física pero sí sentimental, como la de hoy sufrida con la pérdida de otra persona que en su día estaba ciertamente próxima, ya que durante una época juvenil en que frecuentábamos la cafetería del Hotel Parque, Tere Vega y Mar Marcos estaban permanentemente allí, solo ellas entre tantos chicos. Hoy la recordamos juntos Mar y yo, a Teresa ya ausente para siempre, a esa chica que en aquellos día me regaló un libro sorprendiéndome sobremanera, Demián, de Herman Hesse. Era el tiempo de este escritor pero no el de recibir un chico de una chica ningún regalo, hay que recordar que hablamos de hace aproximadamente cincuenta y algo años, tiempo y lugar donde las costumbres eran otras, pero esta chica era así, sorprendente. Tere se casó rápido tras una relación hecha precisamente en esta barra de bar, se separó pronto, marchó a Inglaterra a hacerse azafata de vuelo, volvió a Ourense donde tuvo dos relaciones amorosas largas, una después de otra, se fue a Vigo donde montó una tienda, y marchó a Madrid donde se casó nuevamente; hace relativamente poco se mudó, ya viuda, a Oviedo, donde el sábado se desplomó en el portal de su casa, falleciendo. Quizás, hablando de piedras, estas fugas humanas de nuestra vida son como esas otras piedras que han sido utilizadas para señalizar nuestro camino y se van soltando, como la vida misma, como la piedra suelta del casco viejo. Una pena. Que descanse en paz, Teresa Vega.
Por último, que no, que no es incompatible ser un extraordinario jugador de fútbol y ser tonto, aunque en su descargo haya que estimar sus pocos años. Pero, precisamente por ello, por sus pocos años hay que decirle a Lamine que con las banderas no se juega, sobre todo en épocas de guerra, así que guárdenlas para quien sepa enarbolarlas.