En el año 1977 nace en Madrid el escritor Juan Gómez Jurado. En ese año estudiaba yo el tercer curso de periodismo en la Facultad de CCII de la Complutense de Madrid. Vivía en un piso sito en la calle Fuenterrabía, muy cerquita del Retiro al que accedía por la plaza Mariano de Cavia. El piso contaba con dos habitaciones, un buen salón con balcón, cocina y cuarto de baño. De las dos habitaciones ocupaba la más pequeña, de una sola cama, pues la otra de dos se hacía grande para mis escasas pertenencias. Daba enfrente al patio de un colegio de niñas que vestían de uniforme. Lo habité durante tres duros años de no presentarme a una asignatura por estar a lo que no debiera si tuviera la cabeza mejor puesta, o tal vez no, acaso pudo ser un período formativo en otro orden de cosas, eso sí, no lectivas. Coincidió esta etapa de piso propio al servicio de la comunidad de amigos, pues allí dormía cada día uno, u otro, cuando no varios que habían perdido temporalmente su alma y el Metro en la prolongación de la noche madrileña, con humos buenos y malos, pero mucho humo en el ambiente. Era muy molón ser medio hippy, cinta en el pelo, aro en la oreja derecha, de Rastro dominical y bar de Facultad a diario, libertad de horarios y sueños, con la buena Malasaña previa a la movida, pasando horas entre estanterías de la Casa del libro o El Corte Inglés, todo muy guay si no fuera porque el dinero llegaba de la cartera de un padre que se levantaba a las siete de la mañana y no paraba de currar para que los hijos estudiaran su carrera y fueran personas de bien en el futuro. Que conste el inciso, pero conste que todo se paga, y este tiempo de derroche de alegría de vivir después pasaría su debida factura, que no es el caso ahora. Ahora el caso es el piso, eje central de esta historia, porque después de esos tres años vividos en la calle Fuenterrabía salté a un apartamento muevo en una calle más próxima, bastante más próxima a la Facultad, cual era Santa Cruz de Marcenado. Dejé aquel piso sin pena ni gloria o alegría, iba a donde me decían mis padres ¡faltaría más!, que eran los que me sostenían, y, entonces, mis padres vendieron el piso de la calle Fuenterrabía a un matrimonio de Madrid. No me volví a acordar del piso hasta un buen día en que mi hijo Mon me cuenta que había contactado con el director de cine Rodrigo Cortés y que había quedado de hacerle llegar una figura suya que había creado para unos premios del Festival de cine de Ourense. Pues nada, la cosa está muy bien, además Cortés lo enseñó después en su estantería del salón de casa en todas las redes sociales que maneja, pero cuando no sé por qué me dice la dirección postal a la que lo envía, inmediatamente aluciné, el destino era el de aquel piso mío donde había vivido hacía casi medio siglo. No me lo creía, pero era exactamente la misma dirección. Me puse en contacto con él y le conté la extraordinaria coincidencia y así, cuando vino a Ourense a recibir un premio del Festival de cine se acercó a visitarnos a elcercano donde compartimos dos magníficas horas de conversación. Antes de irse al hotel para ducha y cambio de vestuario pertinente para la gala que lo esperaba, saliendo por la puerta le envió mensaje a su amigo Juan Gómez Jurado para que le confirmara cuando habían comprado el piso sus padres, pues él estaba de prestado o alquilado, y sí, claro, sobre el año 80, por lo que se confirmaba el dato: los padres de Juan Gómez Jurado era el matrimonio que le había comprado este piso a mis padres. El escritor también se asombró. ¡Ah!, me contó la nueva distribución de los espacios, siendo ahora su dormitorio lo que era la cocina donde freí más huevos que nadie para sí en esos años. Una historia curiosa y un saludos a los dos, Rodrigo y Juan, Juan y Rodrigo.