Un parque y un colegio, eso era Ourense cuando conocí a Chesi. Por supuesto, niños, cuando nuestra vida giraba en torno al colegio, casa y el parque de San Lázaro. Del colegio no lo recuerdo bien ya que era tres años mayor que yo y ahí los cursos estaban distantes. Pero sí lo recuerdo jugando una temporada con la misma pandilla sobre aquella superficie de tierra del parque a Policías y ladrones –¡como corría el cabrón!–; compartiendo mismo espacio, aunque no el mismo tiempo, pues él ya había sentido su deslumbramiento por la literatura y pasaba gran parte del suyo con los libros, incluso escribía ya novelitas del Oeste con dibujos, que vendía a su familia. Él mismo se refería a esta incipiente pasión como si hubiera cometido un pecado, el de la literatura, una especie de maldición de la que –decía– es muy difícil librarse. Y pasaron muchas tempestades sin volverlo a ver. Después de cientos de libros leídos y algunos suyos escritos, ya sin tierra el parque de San Lázaro por mor de un dudoso neo urbanismo, nos reencontramos en Hacienda. De niños pasamos ambos a adultos y funcionarios del impopular Ministerio. Sin embargo, fue un tiempo después, en torno al cambio de milenio, cuando verdaderamente inicié un mayor y estrecho contacto con Chesi al frecuentar el mismo pequeño bar de Los vinos (como se denomina al barrio más antiguo de Ourense) compartiendo mesa con otros amigos comunes, como Manolo Montero, Marisa y Santiago Lamas. Por cierto, hablando de estos amigos, aún conservo un amenazante correo electrónico de Chesi, que me envió años después, y que decía lo siguiente:
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Rara nostalgia de José María Pérez Álvarez, ‘Chesi’, desde elcercano – fronterad
Nota.- Las maravillosas fotos de Chesi están hechas por Corina Arranz