Aquí, en la foto, Marlon Brando en “La ley del silencio”, esa ley que a nadie permite irse de la lengua sin consecuencias, y no buenas. El caso al que da titulo esta entrada tiene que ver con el vergonzante momento que vivimos con la corrupción sistémica de este país -¡ojo! que comprende la comunidad de Cataluña pese a los guiños en sentido contrario del número 1 socialista!, y cuya importancia escala desde la mafia portuaria de esta película de Kazan hasta despachos ministeriales e incluso, puede, que hasta más altas cumbres políticas. El espectáculo brindado en el juicio de tres personajes que tenían por principio “a forrarse” cueste lo que cueste frente a otros principios morales, políticos y sociales, además de desolador tiene un tinte pornográfico de difícil parangón en la política por mucho que también haya habido Mónicas chupándosela al presidente Clinton, ingleses príncipes del vicio cual Andrés o Mata Hari de distinto estilo. Nada igual, por cantidad, a las putas que siembran de color sexual la rapiña económica que ministros y gañanes a su servicio practicaron como si esos actos fueran de la mano. Pero aquí, hablamos de la falta de vergüenza de la fiscal general que pretendía extender la ley del silencio a su subordinado jerárquico que actuó en esta causa, a fin de que el reconvertido Marlon Brando no pueda tirar más de la manta en otras causas metiéndolo en la trena, cosa que se daría si no le atenúa esta colaboración decidida para denunciar a los capos que con lo público nos hacen trajes cada día a los demás mortales. Menos mal que el fiscal anticorrupción tuvo la valentía de darle de lado a la consigna y ha pedido también reducción de condena para Aldama, pues si así se sentencia podrá seguir contando más y más cosas que lleven a otros corruptos frente a la justicia y que hoy todavía viven en el limbo de la presunción de inocencia. Es hora de darle duro a los trincones de todo tipo y velar porque a la política no se vaya a servirse de ella sino servirla como es necesario. ¡Vaya gobernantes, Dios mío, líbranos de ellos!