Pues claro que sí, hemos pagado entrada de 16€ por ver un concierto de jazz, con cuatro músicos estupendos, como son Valentín Caamaño, Xosé Miguélez, Miguel Cabanas y Alfonso Calvo. A todos menos a Alfonso los conocíamos de haber pasado por elcercano. Fue en el Vitruvia de Vigo. Cincuenta personas, más o menos, bien sentadas en torno a mesas compartidas e iluminadas por unas lamparitas que parecían velas. La media de edad asistente era viejuna, y es que, por una parte, comprendo que a este precio un chaval no puede, y, por otra, lo de siempre, que la música de jazz interesa menos al personal que un guateque de los sesenta a gente joven contemporánea. Una pena, claro que triste y sola se queda la música en directo, si no se trata de un cantante de moda o una influencer contrastada. Desde luego, yo celebro un lugar como este café en Vigo que ocupa el local que en su día fue club como era el Aeroclub, una segunda vida para un espacio bien puesto y versátil que compagina varias cosas sin molestar a nadie, y de forma natural sin meterlas a calzador, como pasa con muchos negocios que son comercios, pero quieren pasar por otra cosa más guay, capaces de vender al mismo tiempo que querer ser alternativa de ocio. Bueno, voy a callarme, porque si me tiro de la lengua, puedo lastimar a alguno que aún aprecio suficientemente; no por merecido, dada su falta de empatía y sensibilidad, no deja de ser crudo. Queda mejor transcribir estas letras de Javier Marías sobre un hombre que no diré para jugar un poco a las adivinanzas y con las que me siento hoy, por ver ciertas imágenes cercanas, muy identificado: “…no hay recelo ni dureza ni resentimiento, si acaso desengaño y acatamiento, como si se dieran cuenta de que terminó la espera y se acabó la historia, de que lo que siempre fue vivido como provisional ha resultado no serlo, sino definitivo y estable, de que las cartas están echadas y la partida se ha perdido; o se ha perdido más de lo que se ha ganado para tanto como ha durado el juego que se fingía indeciso. Aquí el hombre maduro se muestra como lo que siempre fue y tal vez anduvo disimulando, después y antes: un derrotado.”