Hoy he vuelto al Café Latino a tomar café. A las diez de la mañana. Sólito -yo, no el café-, pero a gustito, bien sentado en uno de esos confortables sillones de cuero con sabor a viejo. A sabor de café sí huelo, y buen café, que compensa a ese otro olor fétido que se respira en torno a Koldo y gran pandilla de golfos, sus mordidas y corrupción a tutiplen. ¡Hosti! la vida sigue igual, o parecido, Levanto la vista de la libreta donde escribo y observo a tres metros, sentado y con ordenador, al mismo Julio Carrasco que dejé hace veinte años en la misma posición, cual si no fuera ser vivo sino estatua del propio local; una mesa más allá tomaba café Leonardo Iglesias con un amigo, o conocido, y no sé si porque ya no va a la Universidad de mayores, ese eufemismo. En otro lado está María Buciños, a quien casi no reconozco por su pelo distinto a como lo recuerdo, y así, creo, que en caso de querer reconocer a más gente escrutando los rincones en los que no me fijé, posiblemente habría descubierto alguno más, descubriendo al mismo tiempo que la vida sigue igual, tomando café y viéndonos unos a otros para no sentirnos tan solos. Es el Café Latino de siempre, pues. Ya al irme, un camarero de los antiguos me saludó afectuosamente porque hacía tiempo que no veía por este salón social ourensano, y me dijo ¡oh! que estuvo a punto de hablar conmigo para coger elcercano ante el aviso de Alfredo Freixedo, por el chollo que era, pero problemas puntuales se lo impidieron. Tarde, ya es tarde para echar la vista atrás, es Tanco quien aprovechó la gran oportunidad, y ya hablaremos de este cambio en otro capítulo.