Ourense es mucho más que sus políticos y otros prohombres que los tenemos que aguantar porque el mundo no es como queremos sino como es ¡hay que joderse!. A veces, despotrica uno contra esta ciudad porque no encuentra líderes sociales respetables o responsables políticos a los que seguir, ni que decir que la lágrima más gorda es la de los medios de comunicación al servicio de lo suyo, que no es de servicio que atender en aras del bien público, ¡quia!, ellos a ser fácticos, que se encuentran así guapos, pero no, no contarán con el respeto de la libertad. La ciudad tiene pocos árboles, ruido que lastima los oídos, calles okupadas por sillas, mesas, sombrillas privadas a las que casi hay que pedir permiso para pasear, pintadas en paredes pétreas que afean el paisaje urbano, tenemos arrugas humanas que abusan, por muchas, de las más tersas, por escasas; muchos defectos, o lo que usted quiera mentar, pero cuando uno coge el tren hacia fuera y pasa por encima del río siente los brillos de las ganas de volver, y no es masoquismo, es el placer que sentimos viviendo aquí, quizás por los muertos queridos que aquí perdieron la vida, tal vez por los vivos que estimamos con los que moriremos cerca, la razón última será porque aquí está la familia, el pasado de los años más apasionantes de nuestra vida, el presente de los cafés con la gente que nos aporta, etc. Además, en Ourense tengo mi cama, y como ella ninguna, pero bueno, tampoco hay que exagerar, Ourense muy bien, pero mejor si nos vamos fuera en ocasiones aunque la echemos de menos.