La vida de un hombre y de una mujer españoles con unas positivas costumbres higiénicas está valorada por las estadísticas oficiales en torno a los ochenta y cuatro años. Pues bien, ese hombre o mujer que tienen la fortuna de irse acercando a la confirmación de la estadística más fiable, que es que el 100% de los hombres mueren antes o después, vive la mitad de esos ochentaypico entre dos obras públicas que se desarrollan cerca de su casa. Los políticos, indudablemente, odian a la otra especie humana, la sapiens sapiens, y se dedican a levantar los cimientos de la ciudad que ha tenido la desgracia de tenerlos de gestores. No lo hacen con un afán arqueológico para crear el Museo funerario Más Grande (e Inútil) del Mundo, o por interés de simplificación y bienestar social, sino por el simple deseo morboso de joder a los que les son coterráneos. Un sábado, esta ciudad de Orense es un magma de silencio tan solo barritado por las motos aulladoras; y un domingo (los motoristas están durmiendo con la mona chita) es el silencioso intervalo histérico antes de un lunes con el martillo neumático y la excavadora a los pies de la cama. Si las máquinas no hiciesen ruido los políticos jamás aprobarían ninguna obra publica. Si las calles más concurridas no pudiesen cortarse durante meses y, a veces, años, para que los obreros pululen aquí y allá con un bocadillo en la mano, jamás la Comisión de Gobierno de este ayuntamiento aprobaría una ampliación de crédito para colocar un nuevo alcantarillado. El sadismo es el requisito fundamental para presentarse a las elecciones municipales. Eso y la capacidad para entender que si algo funciona medianamente bien es necesario cambiarlo, por ejemplo los autobuses urbanos. También es requisito de candidato esa facultad extrasensorial para crear obras que muerdan en silencio como las almorranas, “la mordida es necesaria para vivir”, repite complaciente el regidor de turno, saliendo del dentista. Los ciudadanos, a ojos de un político municipal que lleve dos días en el cargo, somos unos entes abstractos (fantasmas) que tienen la obligación de cubrir papeleos, pagar impuestos y cerrar los ojos y suspirar mientras nos violan. El cartel de la obra de la calle Q. que lleva ya un año de práctica sádica dice “Humanizacion de la calle Q”. En realidad se trata de crear espacios para que discurran los peatones con suficiente holgura para no tropezar las correas de los tres perros a los que ahora se pasea, estoy esperando el “I Rally de trineos caniches por la ribera del Miño”. Los aparcamientos han desaparecido para humanizar con todo el esplendor posible. Los munícipes creen que los coches se conducen solos, máquinas deshumanizadas que a la hora del almuerzo se van al campo a descansar debajo de una árbol y después vuelven a buscarlos a sus casas y tocan el claxon desde la calle para que vayan lavándose los dientes y bajen lo antes posible. Los coches no son ecológicos, son artefactos cuya utilidad, estos filántropos usufructuarios, no alcanzan a comprender excepto ese que se denomina “coche oficial”, es negro y amarillo como un tifus y puede aparcar encima de las nalgas de cualquiera que no haya huido con suficiente presteza de la Ciudad Imposible. Una comisión de gobierno con único punto del día (el ruido) en la que los concejales aporten sus informes puntillosos de más de medio folio sobre el tema (que les haya escrito alguien), puede transcurrir de la siguiente manera:
-¿que tal vamos de matraca en el barrio del Puente?
-está cubierto por las obras de la estación, por los trenes que calientan, por los sirenos de la policía y por las obras de humanización de la calle Q.(léase Cú)
-Bien, ¿y en el Couto?, me ha dicho una asociación vecinal que hay gente que ha logrado conciliar el sueño.
-El Couto está suficientemente atendido acústicamente, ya hemos mandado que a las tres de la madrugada en lugar de un camión de la basura circulen dos y hasta tres hasta cubrir las necesidades de histerismo. Hemos regalado perros a algunos vecinos recalcitrantes y ha habido una ampliación del plazo para que el destierro de la obra de la Avenida de Portugal sea eterno. Los muchachos de Protección Civil circulan con sus motos trucadas, de tres a cinco de la madrugada, dando gas.
-¿Centro?
-Regular, se ha acabado la obra de las pasarelas y hay quien se ha relajado en una terraza.
-¡Intolerable!: exijo inmediatamente una prospección arqueológica a la altura del parque de san Lázaro y cambiar la iglesia de santo Domingo de ubicación. Que se lleve a Monte Alto, así matamos dos pájaros, o tres, de un tiro.
-Etc.
Indudablemente todas las decisiones que se tomaron en esta Comisión de Gobierno imaginaria fueron inmediatamente comunicadas al constructor del puro y la chistera que vive como un pachá en un aislado chalet en Bayona, Pontevedra, Galicia, España…
FÁBULA POLÍTICAMENTE CORRECTA 2
Casi todo el mundo conoce la fábula del rey Midas a quien Dionisos, para pagar las atenciones que tuvo con su preceptor, el borrachín sátiro Sileno (le prestó una cama para que durmiese la moña durante cinco días), le concedió la facultad de convertir en oro todo lo que tocase. Eso hizo de la vida del rey Midas una pesadilla a la hora de comer y hubo de liberarlo de su mágica concesión con un baño en el rio Pactolo que desde entonces arrastra pepitas de oro y brilla con la luz del sol y ya debe ser de Iberdrola. Midas, después, vivió feliz y comió perdiz faisandé muchos años en la Frigia de los frigios, en un sistema de gobierno bipartidista al estilo de Cánovas y Sagasta: cuando no gobernaba él, gobernaba Gordias, experto en nudos.
Lo que ya no es de dominio público es que Apolo, que, además de dios racional y sensato, es un artista cachondo mental parecido en ocasiones a Dionisos (con el que no se lleva bien), atribuyó a otro rey legendario una capacidad mágica, para castigarlo en lugar de premiarlo, y para castigar a los súbditos que sesteaban entre las columnas de Hércules y el rio Ibero (aquel reino fue llamado por los fenicios “tierra de conejos” por lo huidizos que eran sus habitantes). Fue la vanidad de ese rey fabuloso lo que lo malquistó a ojos del dios porque aquel sujeto quiso equipararse a él en belleza, que no en sabiduría. La sabiduría le preocupaba poco, por lo que copió su tesis doctoral, firmó libros que no había escrito y recomendó otros que no había leído. Este rey legendario, que se llamaba Memmo y se paseaba por su Corte rodeado de asesores, de aduladores orondos, de botones de hotel y de prostitutas, preguntó “espejito, espejito, ¿quien es el rey más bonito? Y el espejito le contestaba “hombre, rey, rey, eres tú, pero Apolo es más hermoso y además es dios en el Olimpo, y conoce a Europa, que está muy buena, y a Zeus de Nueva York, y toca muy bien el piano y tú no entonas ni una nota”. El rey Memmo montó en cólera, juró que Apolo era un facha impresentable nada progresista, un cenutrio más feo que él y rompió el espejo (espejito) en mil pedazos, lo que supuso, por la influencia divina, cien años de mala suerte para su reino: en un momento cayeron sobre aquella triste tierra las siguientes desgracias: una erupción volcánica morrocotuda, una inundación por lluvias que se llevó por delante lo que pilló, una epidemia de una peste oriental y otra epidemia de imbecilidad, unos accidentes permanentes de trenes de noche y de día (algún tren no se accidentaba porque llegaba tarde), dos guerras que impedían ahorrar a los jóvenes para poder casarse y comprar un piso, un enemigo chalado pero poderoso que lo quería fulminar, unos asesinos elevados a gobernadores y a héroes y un Congreso Mundial de Puteros celebrado en la capital del reino que dejó en bragas sin sujetador las arcas del Estado. Pero aun Apolo no había dicho la última palabra, y henchido de deseo de venganza lanzó una maldición sobre ese híbrido rey Petulante y su Pueblo de Conejos de manera que todo lo que tocase se convirtiese en mierda: a partir de entonces fue el anti Midas de Occidente: todas sus decisiones apestaban, incluso las más justas. Febo, vistas las dimensiones y consecuencias de su venganza, se frotaba las divinas manos y reía como solo los dioses ríen, a carcajada limpia causando sequías. Y, a imitación de lo que su archienemigo Dionisos había hecho con Midas, regaló al rey Memmo unas orejas de burro y un pico de calamar con la facultad de no oír más que adulaciones y sandeces para que las repitiese como una cotorra en Tiquitoc.