No, con el título de esta entrada no es que hayamos caído en la tendencia antigramatical actual del uso del género, sino que responde literalmente a la seguridad de éxito en el cine del director español Santiago Segura; o sea, seguro Segura. El éxito entendido como recaudación en taquilla que, asimismo, significa asistencia de espectadores. Ya quisiera Almodóvar este reconocimiento de público, y ya quisiera la productora de su hermano recontar más billete que Segura, pero va a ser que no, que está a mucha distancia el manchego del madrileño. Hoy fui a ver la peli de Segura en su personaje mítico de Torrente, admirador del Fary como el señor Lamas, y porque después de los días de preocupación que llevamos con la guerra en Irán y añadido de ciertas intervenciones occidentales mi ánimo no está para mucha fiesta y risa, por eso el mejor antídoto que se me ocurrió fue la previsible carcajada inducida por el histriónico Torrente que se ríe de sí mismo sin ningún tipo de complejo, lo que es muy de agradecer. Había leído críticas harto suficientes, generalmente buenas y de personas con cierto crédito, que aumentaron mi curiosidad por saber si la ficción superaba la realidad, y puede que algo sí, pero no crean que demasiado. En el cine estaríamos sobre cuarenta personas en la sesión de las 18:15, y como quiera que piso últimamente bastante estas salas puedo aseverar que en Ourense también ha batido todos los récords de asistencia. Y me alegro que tenga este éxito Torrente, porque demuestra que es posible hacer cine sin el apoyo institucional, que digo apoyo si resulta en muchísimos casos su financiación total. Me alegro, porque la única experiencia que he tenido produciendo un largometraje fue sin un euro público, mientras veía a otros muchos que se movían en este mundillo estar pendiente solo del dinero público para rodar cualquier cosa, hasta cualquier pura mierda que, eso sí, se envuelve en un aura intelectual que al político de turno y el chiringuito asociado le provoca un ¡oh, que interesante! que le insufla el aire monetario que necesita para su rodaje que, generalmente, nos aburre a los demás hasta extremos insospechados. Y al final, salieron algunas carcajadas que siempre sientan de maravilla para soltar este estado doliente por los Vilches y compañía.