Por ANTONIO FERNÁNDEZ (29/03/2026)
Acabo de leer un viejo artículo de Carlos Casares en el que contaba de un estudio psicológico, basado en un dibujo, que le habían hecho a una niña amiga suya. Me acordé entonces de un test de inteligencia que nos habían hecho en el colegio salesiano cuando yo tenía trece o catorce años. En las conclusiones que los psicólogos de la capital sacaron del dibujo de la niña se daba a entender que estaba llena de problemas que la convertirían en un ser infeliz y torturado por más que sus padres la condujeran por el buen camino, la quisiesen mucho y la apartasen de malas compañías: algo así como el destino inexorable calvinista dictado por Dios antes de la Creación. A Carlos Casares, sin embargo, aquella amiguita suya le parecía bastante feliz y parecía dudar del augurio deducido de un ingenuo cuadro infantil para interpretar el futuro, lo mismo que hoy dudamos de que el vuelo de los pájaros nos indique nuestros idus de marzo. Las conclusiones que sacaron del test que me hicieron a mí los psicólogos promotores de Madrid (antes todo lo que venía de Madrid traía un marchamo de alta calidad, hasta que llegaron los veraneos en Sanxenxo) fueron que yo era un completo retrasado mental. Mi padre estaba en total acuerdo con la mayor parte de las deducciones del informe pues ya me miraba raro antes de la prueba del algodón de la científica encuesta, así que le pareció caro el estudio para corroborar lo que él ya sabía. Mis padres pagaron el test, callaron la boca ante los vecinos y olvidaron su resumen en el cajón de una cómoda lejana. Aun sigue allí, de vez en cuando lo desempolvo para que me susurre al oído, como el esclavo que acompañaba al general romano tras la campaña victoriosa, que no me hinche como un pavo real ante los fracasos que acompañan mis acciones. Guardé las conclusiones en mi alma dolorida y procuré seguir adelante. Aquel test marcó mi destino. Desde ese penoso momento creí a pie juntillas en la infalibilidad de una ciencia exacta como es la psicología clínica. No sé si la niña amiga de Casares fue más o menos una mujer torturada por sus problemas de la vida (como todo el mundo), lo que puedo decir de mi caso es que acertó infaliblemente; y que voy a peor con el tiempo: estoy redondeando al alza sus esforzadas, pesimistas y sagaces conclusiones. De momento no voy a dejar de leer al escritor de Xinzo.
FÁBULA POLÍTICAMENTE CORRECTA
En la Isla de la Tortuga estaba muy mal visto ser honrado. De hecho, si de alguien se desconfiaba ser honrado, se le apiolaba inmediatamente porque, aunque la honradez no es una enfermedad contagiosa, a veces una mala mirada provoca la suerte del mal de ojo, y todo el mundo sabe (por Stevenson) que los piratas, además de quirúrgicos, son supersticiosos. El Gobernador de la Isla de la Tortuga era siempre el pirata más sanguinario y ladrón de todos los que atracaban su barco (de ahí procede el verbo) en las radas de la isla. Era democráticamente elegido en una asamblea nocturna, en una tasca del puerto, en un ambiente festivo de ron y muchachas de dudosa reputación (putas). Por norma general los piratas votaban con el viejo sistema de mandarse notas de pésame, la clarísima “ mancha negra”. Casi ninguno sabía leer y escribir pero muchos anhelaban convertirse en asesores contramaestres del nuevo gobernador. A veces el elegido no resultaba ser el que más había robado durante la temporada sino el que mejor aguantaba el alcohol porque cuando en la noche electoral todo el mundo yacía durmiendo la borrachera debajo de las mesas, detrás del mostrador y entre los toneles del Jumilla, aprovechaba para sustituir las papeletas depositadas en las urnas por las suyas propias. El resultado, así variado, no dejaba de ser un acto de justicia poética porque al fin y a la postre el Nuevo Gobernador era el más borracho y el más putero de todos los piratas que se presentaban a las elecciones a Gobernador de la Isla de la Tortuga. Con un poco se suerte para el virrey de Maracaibo este malandrín de la pata de palo y el ojo con parche acababa su carrera colgado por el pescuezo del palo mayor de un velero bergantín (con cien cañones por banda) por sus propios compinches de tropelías; y todo el mundo se sentía orgulloso de su isla repleta de traiciones y puñaladas traperas, eso que llaman patriotismo. El exgobernador Difunto de la Isla de la Tortuga siempre dejaba dos o tres viudas afligidas, unos hijos preparando un master en Harvard y un tesoro, producto de sus saqueos, enterrado en algún lugar entre Santo Domingo y Panamá.