Ya tenía “mono” de jazz, una escucha que más que levantarme el ánimo me da paz y me procura cierta nostalgia, de la buena, de la que no te hace sufrir sino recordar a personas que ya no están, o de experiencias similares con los conciertos que tenían lugar en elcercano. Ayer, precisamente uno de los músicos mejores que pasaron por elcercano, Yago Vázquez tocó en el Auditorio de Nigrán en trío que sonó a gozo total. Gratuito. La manía de las Instituciones de regalar lo que tiene precio y con mucho gusto de pagar; porque en el concierto observé a la concurrencia que era jubilar mayoritariamente y, además por su apariencia, de la que tiene ‘posibles’ harto suficientes. No sé por qué el presupuesto municipal, que tiene que atender a tantas necesidades básicas, tiene que emplearse en la organización de eventos que podrían en gran parte mantenerse con la contribución del que se aprovecha de ellos; y en el peor de los casos, hacerlo gratis para el que no pueda, solicitando su entrada gratis al espectáculo en el propio Ayuntamiento con un sistema que permita contrastar esa imposibilidad cierta de no poder pagar. Pero que siempre nos podamos lucrar del conjunto de la sociedad los que mejor estamos me parece injusto e irrazonable. Bueno, a lo que iba es que fue una cita con la música realmente positiva, y Yago estuvo fenomenal, lo que por otro lado no sorprende ya que el músico vigués está reconocido sobradamente en el ambiente jazzístico de Nueva York donde desarrolla su carrera y vive. Decía antes que el concierto me produjo cierta paz y serenidad nostálgica, un bienestar que reafirma mi pensamiento consciente de la buena vida que me ha regalado el destino; por supuesto, tengo los miedos de todo el mundo a la enfermedad, el dolor y la muerte, sobre todo, pero sí doy gracias a Dios por haber tenido la fortuna de vivir como vivo y he vivido. Lo digo porque ahora se lleva mucho lo de la victimización -lean el estupendo libro último de Pascal Bruckner “Sufro, luego existo”, que lo explica muy bien-, por lo que yo me apunto a la Aristocracia del Consciente, que no del doliente, que todos sus males los achaca a sus raíces, o familia, o traumas infantiles, o juveniles, o al trato de sus jefes laborales, o a ser del género que sea, o a tener el pene mayor o más pequeño, o a ser blanco o negro, o mestizo, o a no se guapo, o a haber nacido en interior, o a cualquier cosa con tal de justificar su infelicidad y tratar de llamar la atención de los demás a fin de obtener alguna recompensa. Pues no, sufrimos porque existimos y porque el dolor es algo inherente a nuestra condición humana, pero de ahí a que el deseo irracional de felicidad nos posea hasta no darnos cuenta de que es pura voluntad o representación, como diría Schopenhauer, va todo un mundo, el mundo como voluntad o representación. Pese a la certeza de Nietzsche de que hasta el final todo es rabo y por ello no podemos cantar victoria hasta el mismo final de la vida, me apunto a no descargar rutinariamente sobre otros el mal que mi propio existir me aflija, aunque, por supuesto, hay gente que me toca los huevos malamente; porque la vida no sé bien si de todo punto es bella o fea, pero es la que hay y, por ello, mejor experimentarla con buen jazz que con el sonido de la permanente queja vital.
Conste que una cosa es esa queja existencial y otra la pequeña queja por hábitos, costumbres o modas que a mí me desagradan por imponérmelas. Es el caso del animalismo actual, donde se han sustituido bebés por caniches, familia humana por ‘caninhumana’, donde los perros tienen ya casi derechos humanos sin dejar de ser perros, porque ladran en el restaurante sin que nadie mueva una pestaña, los que menos sus dueños, ¿o debería decir sus padres?, o que cagan en la calle donde quieren, a saber si se recogen sus excrecencias pues pisar alguna la pisamos y obviamente eso es porque no la han recogido sus responsables. Estos días de playa, aunque con sol, poco frecuentada por la temperatura baja, parecía que los humanos que veíamos era porque habían sido sacados de paseo por sus perros, pues a la vista muchos más animales de cuatro patas que de dos. La fotografía que acompaño, es mía, retrata la exageración desde mi punto de vista de este amor doméstico de nuestra época; vemos tres pares de piernas humanas para doce de las otras. Al final, lo que esta situación me provoca es pensar en la soledad grande que vivimos y que el compromiso verdadero por la compañía humana se nos hace, a veces, más grande todavía.
