No, no se trata del refrán “en boca cerrada no entran moscas”, cuyo gesto nos ofrece una protección ante un impulso desmedido que posteriormente podamos lamentar, sino aquí trataremos de esa manía o gesto común en futbolistas de postín de taparse la boca cuando le hablan al oído a un compañero, árbitro o quien pise el césped. ¿Qué secreto de Estado quieren proteger? ¿Qué idea diabólica o pensamiento estratosférico intentan no desvelar al mundo, por si acaso Atlas se despista con la nueva y deja caer la bola a las profundidades del Universo?
Pintura de Van Harleem (1588). La caída de los titanes
Si la razón de esta moda antinatural está en la falta de libertad para expresar lo que nace en el interior de cada cual, por mor de una postura estética o un queda bien simplista, pues me parece que estamos jugando en un campo equivocado, pues todos los que pegamos patadas a un balón en su día hemos proferido alguna palabrota, incluso contra nosotros mismos, como tabla de salvación ante el fallo estrepitoso o la patada recibida que duele, porque hay que ver también esos retorcimientos por el suelo con el que se regodea algún jugador cuando le rozan la espinilla aún bien protegida por espinilleras. Cuento, muchas veces puro cuento y malo. ¡Mira que nos aleccionaron cuando éramos pequeños de que las manos no deben ir nunca a la boca como norma de urbanidad! y ahora resulta que los mayores líderes infantiles ejemplifican lo contrario, además de que se conviertan en ejemplo para que en lugar de ser transparentes en el decir seamos opacos y ocultemos la verdad que llevamos dentro. No educados sino políticamente correctos, que es lo que se lleva en ciertos círculos cobardes. Pero sobre cualquier argumento, que lo habrá, porque de lo contrario no se impondría esta costumbre de tal manera, convengamos que resulta tan ridículo observarlos que rebaja cualquier expectativa de esperanza en el progreso de una lógica humana más razonable. ¡Ah, que es que se impone la lucha del aparentar ser buenos, autocensurándonos, porque si no nos castigan desde el despacho o el receptor de la televisión que amplifica el insulto como si el campo de fútbol fuera un tratado de teología!, pues muy mal, porque lo que pueda comentar el futbolista a otro sobre la actuación del árbitro o el agarrón en el área o la justicia del resultado, ni es tan grave ni definitivo para la guerra en Irán o la revuelta de la cristiandad. Perdonen el desahogo, pero es que a veces ver las fotos de los futbolistas tapándose la boca para hablarle al oído a otro me saca de quicio.
