Apago la radio. Me sale la guerra, el socialismo de Sánchez y demás información como humo por la cabeza. Y tomo el libro que estoy leyendo. Sobre amor y desamor. Un libro crudo, bien escrito, que cuenta las miserias de una vida, o más bien de un tiempo determinado de la misma. Con cierta mala fama por escenas de sexo demasiado explícitas, hace esto que algunos lo veten ¿verdad Edelmiro?, pero a mí me interesa, porque las biografías me resultan en general más atractivas que el argumento inventado, la ficción imaginada. Me identifico más con quien sé de carne y hueso que con un personaje ideado. Vuelvo, pues, al libro y al pobre Manuel, que no es Rivas sino Vilas, amigo Javier, y a su Islandia última donde a mitad de libro aún no sé si llegó a ir alguno de los cuatro que iban a compartir crucero, dado que lo habían pagado. Para mí, el libro me merece la pena de tener que leer ciertas intimidades reveladas que no me gustan, pero hay pensamientos originales, como cuando sugiere “una desgravación fiscal para aquellos enamorados que trabajan porque su amor no se oxide; el reconocimiento del placer sexual y de la locura de amor como fundamento de la felicidad pública, pues ésta no puede existir con ciudadanos célibes o sexualmente amargados o que vitalmente no están enamorados”, que resultan interesantes. Manuel Vilas le echa valor al desnudar su alma como lo hace, y eso es lo que quizás me interese de este libro en este momento en que la autenticidad brilla por su ausencia. Gustará más él, o menos, pero es él, manda huevos.
Y como estamos hablando de literatura, y en días pasados leí el último libro de Luis Alberto de Cuenca, me quedé con esta poesía que se titula BASURA GENÉTICA y que completa la entrada, sobre todo pensando en el primer personaje citado en la primera línea; dice así:
Durante tres milenios los tipos mas valiosos
más fuerte y mas listos de la especie
-la flor y nata de la juventud-
se fueron a la guerra
y murieron sin gloria
en los remotos campos de batalla
mientras que los enfermos y los cobardes
se quedaron en casa y se reprodujeron.
De ahí venimos nosotros.
Llevamos tres milenios perdiendo a los mejores
para que los inútiles
salven la vida y sigan engendrando.
Por eso somos todos,
treinta siglos después,
lo peor de cad