“Ódiame sin piedad, yo te lo pido,/ódiame sin medidas ni clemencias/odio quiero más que indiferencias,/porque el rencor hiere menos que el olvido”.(Soledad Bravo, canción)
Desde que se legisló, con profundo, ancho y alto consenso, el delito de odio por parte de esos buenazos, bonachones y bondadosos diputados del Congreso de los Santos sin Mácula con Emáscula de España de todos los carajos, ando torturado a todas horas por mi conciencia y procuro no quedarme nunca a solas, ni siquiera en el váter, por si se me ocurre un mal pensamiento contra el de los ultramarinos, una lascivia derivativa no correspondida o una rabia sobre algún vecino inconcreto personificado en ese ser de luz que me despierta a las dos y diez de la madrugada con sus tres pies, su solicitud de información de la localización de la taza higiénica a la esposa dormida y esa meada de burro en pilón que podría desesperar a alguien que, de no ser como yo, se pusiese a odiar ciertas faltas de consideración con el prójimo que no habita en un campo de refugiados con turbante sino en el piso inferior de un edificio construido con galletas de nata, cemento tuberculoso y tubos de órgano dispuestos a completar una tocata y fuga de Bach pero en versión percusión dodecafónica. Ay, qué cansado.
El delito de odio a mí me parece que debería servir más de atenuante que de agravante porque si alguien insulta a otro con un carácter, por ejemplo, encomiástico (llamarle cretino a un ministro) además del delito habría que deducir la alevosía y siempre sería más leve el odio que nace de las puras raíces del rencor que el odio inmaculado que surge de la buena disposición del alma blanca. Odiar debe ser un acto fácil para que sea tomado en cuenta; debe ser un acto (o actitud) simple, inconsciente e irreflexivo porque, en caso contrario, pasa de ser odio a ser asesinato, mutilación o fracaso amoroso en la última de las consecuencias, el gatillazo. Estos diputados que regulan el delito de odio y después se inyectan en vena esa norma para atacar a quien los ataca, saben mucho de odio y poco de conmiseración, de lo contrario hubieran debido encargar a otros que hicieran un sesudo informe de más de una página y menos de dos (no es necesario decir que estos hemicircenses no leen nunca aquello que legislan y aprueban, a las pruebas me remito) sobre lo que es odio que no acaba en lesiones, mutilaciones o muerte del odiado porque ellos no han odiado jamás. Estoy esperando que legislen sobre el delito de envidia con resultado de denuncia falsa, el delito de hipocresía y adulación con resultado de enriquecimiento ilícito y el delito de lujuria inconsecuente. Van a legislar sobre la avaricia para promocionarla definitivamente con subvenciones directas procedentes de los fondos nex generation. “Un poco de sopa y un mucho de avaricia no hace daño a nadie”, se repiten sin cesar en las comisiones legislativas anticunqueirianas que cobran a tocateja nada más salir de encima de los sillones calefactados que les mantienen el culo lubricado para aplaudir con las dos nalgas. No van a parar. Ya que no legislan sobre lo concreto que afecta a la vida de la gente, ahora se van a dedicar a legislar sobre los nobles sentimientos venales de los poetas del Instituto Cervantes y sobre los perjuicios que causa el fingimiento del orgasmo en el porvenir fiscal de los jóvenes y no tan jóvenes (aquí cabe un Decreto ley ómnibus aparte para saber qué sea cada una de las dos situaciones). Vamos a pasar directamente de la realidad a la metafísica gracias a gentes que levitan, caminan sobre las aguas y estudian por la noche los aforismos del Dalai Lama en edición resumida para leer en el retrete del restaurante del Congreso o en las saunas del Partido Correspondiente. Son, esos querubines sin sexo definido, un dechado de bondad que les incapacita para odiar pero que quieren que los demás nos pudramos en la cárcel si se nos ocurre echar mal de ojo a alguien. Solo a gentes con el mínimo índice de masa cerebral necesaria para acordarse de su propio nombre en su cuenta de ahorro se les podía ocurrir legislar y tipificar como delito algo tan etéreo como el odio. “Te odio”, le dice la adolescente a su mamá cuando esta le impide acudir a una fiesta vestida como una prostituta arrabalera. En ese momento entra la Policía del Odio tirando abajo la puerta del domicilio y se la lleva esposada a la comisaría, a la niña odiadora, sin hacer caso de los gritos de amor que la madre les dirige a los agentes encargados de la detención ante tan flagrante y peligroso delito cometido por esa delincuente sin escrúpulos de conciencia.