Hasta allí fuimos el Lamas, Cándido y yo, me refiero al Liceo. Cosa rara pero Otero es Otero, y el documental de la Fundación sobre el patriarca galego y su mirada paisajística, dirigido por Mª José Bravo, amiga de época antigua, obliga a la asistencia. Llegamos con suficiente antelación para poder sentarnos donde nos apeteciera, pero nos conformamos con poder sentarnos donde nos apeteciera de entre las butacas aún vacías, que ya no eran tantas; una sorpresa la concurrencia, aunque justificada por el tirón de la Universidad, Fundación y la propia figura protagonista del documental, al que interpretó, por cierto, un ex compañero de internado en Guadalajara al que no veía desde hace 55 años, Suso Cobián, con el que me reencontré por la sagacidad de Suso al reconocerme al entrar y dirigirse a mi. Nos sentamos, y ya cómodos observamos el baile de personas que gustan ser miradas saludando a otras, de pie aún cuando las siete de la tarde se habían dado. Por ejemplo, el periodista que conocí en la radio y traté como periodista durante bastantes años, iba y venía cual relaciones públicas de sí mismo, pues no en vano es uno de los asiduos contratados por el partido popular para presentar sus actos, eventos y fiestas de no guardar. Después, no sé por qué pero en las dos ocasiones en este año que fui a estos actos organizados en torno a D. Ramón, Antón Alonso, Pablo Ferro y Afonso Monxardín, llegaron después de la hora anunciada; Afonso, al menos, entró por la puerta del medio del salón y se fue hacia atrás con discreción, pero los otros dos entraron las dos veces por la puerta de la primera fila, saludando a las personas con butaca reservada cual si fueran autoridades. ¡Qué aburrido observar la misma liturgia que hace veinte años cuando acudía con asiduidad a estos y otros actos del mismo estilo, cuando tenía que escribir mis “Percepciones” -crónicas urbanas- para el periódico local que me las pagaba religiosamente!. A las 19,30h no había comenzado el documental, y nos dijimos Santiago y yo: si en cinco minutos no comienza nos vamos. Y comenzó. Por cierto, muy mal las condiciones técnicas para visionarlo; una pantalla cutre para el salón en el que estábamos, delante del escenario en el que nadie apagó las luces que lo hicieron aún peor, y un sonido que no se corresponde para la ocasión, malo, y que deberían subsanar de algún modo, claro que aquí choca la tradición con la modernidad y no creo que la directiva senior esté para estos planteamientos de cambio. No obstante, agradezcámoslo, porque no tuvimos que pagar ni un céntimo…
De Fernado Onega nada que decir que no se haya dicho, en cuanto a su ejercicio periodístico, lo que cab
e añadir aquí es la relación de amistad que tenía con Jorge Cachaldora, curiosa pero menos si pensamos en que ambos coincidían en la isla de La Toja, que no es tan grande ni populosa.
Y
tenemos otra fotografía interesante que nos reservamos para mañana, y que no es la de la tienda de Adolfo Dominguez con el cartel publicitario nuevo que ue la arruga no se hereda sino la ropa. Muy bien como metáfora, aunque dudosa, pues las arrugas se heredan siempre si cumplimos años suficientes, es cuestión simplemente de envejecimiento, como la propia ropa.