LINEAL B
Cuando Evans, el arqueólogo del palacio de Cnossos se decidió a reconstruir aquellas ruinas lo primero que hizo fue comprar todo el rojo burdeos que había en las ferreterías de Creta (había dos y las dos eran propiedad de un armenio casado en Heraklion, con lo que se juntaron dos bigotazos en un matrimonio). Se llevó todos los botes que había en existencias y aun hubo que pedir más a un colmado de las Cícladas, en Naxos, cuyo propietario, que también vendía congrio seco al estilo de Mugardos, no se lo acababa de creer. “Ya creí que tendría que pintar el gallinero con ese Titan-luj, para aprovechar el remanente”, dijo en la taberna del puerto jugando un tute arcaico. Evans decidió que aquel fuese el color más apropiado para un palacio que era al mismo tiempo el Laberinto del Minotauro: todo el mundo sabe que la sangre de toro tiene ese color cuando se derrama sobre el cuero negro del astado. Rojo y negro para las columnas de un palacio laberinto. El resultado de aquella aberración no gustó a unos pero entusiasmó a otros, es lo que pasa con las restauraciones, que suelen ser polémicas: a unos el ecce homo de Borja les parece un esperpento y a otros una muestra refinada de la cultura punki, o pinky, o penki, o…
Los muchachos que han venido desde las Vascongadas a pintarrajear la estatua busto de Fraga en Vilalva no traían un afán restaurador muy claro porque ya estaban borrachos, pero a mí el resultado me ha parecido magnífico: han rejuvenecido ostensiblemente el adefesio. Para todo hay opiniones y hasta hay quién se ha puesto hecho un basilisco con el acto pinturero. Me ha dado pena que hayan sido tan cobardes como acostumbran, porque por allí no había nadie que los molestase y les zurrase la badana y han dejado el trabajo a medias por salir huyendo como conejos asustados con capucha. La capucha, para salir por televisión reivindicando un atentado, denota que todos estos muchachos y sus padres teologales no están muy seguros de la belleza de su dolicocefalia ancestral, chachi para txapelas, que les ataca los miolos y les arrasa la conciencia. Aun así, ese desparrame rojo sobre la piedra proporcionó un inconsciente calor humano al pobre busto mudo, que hasta parecía que querría volver a hablar aturullándose en la lengua de piedra como acostumbraba a hacerlo el modelo original de carne y hueso mortal. Es como si se le subiese la sangre a la cabeza, que es lo que le pasaba al antiguo ministro cuando se le llevaba la contraria. Si yo fuese el alcalde de Vilalba dejaría tal cual la estatuilla, porque, al igual que con el “Ecce homo” de Borja, podría convertirse en una atracción turística impagable, y el Camino de Santiago podría ver nacer un nuevo atractivo a añadir a los ciento cinco mil atractivos que ya existen. Este pasaría por darse una vuelta alrededor de la estatua de Fraga, beber una queimada a su sombra, aderezada con el conjuro falso (“bruxas, curuxas, colipoterras, urgamandeiras, putaranzas, dádeme forza no c. etc…”) y, por el módico precio de diez euros, se añadiría una misa por el eterno descanso de Don Manuel, que bien lo merece ya. Los jóvenes vascos han vuelto a sus tierras autóctonas con la satisfacción del deber cumplido, con resaca de aguardiente de Portomarín, y con el alivio de que, al igual que aquellos a los que sus paternales maestros les descerrajaban un tiro en la nuca, esta víctima tampoco pudo defenderse ni huir.