Salgo de la rutina. Vigo como destino. Paloma había quedado para comer con sus amigas Carmelas, nada menos que doce se juntaron, y allí no quepo yo, por ellas y también por yo mismo. Así que paseo solo, y me encanta ser flâneur en Vigo. Observo que este invierno tan lluvioso hace que el despejado día de hoy reviente de gente las calles y plazas, terrazas donde se juntan pandillas y/o familias, parejas de cara al sol que les calienta un ánimo constreñido por las cuatro paredes de esta climatología pasada tan adversa para ver mayor claridad en la vida, en su amor. Doy una vuelta por calles viendo muchas fachadas de reformas (será por los planes europeos que subvencionan aislamientos para el ahorro energético), obras en la calle (Caballero no deja de hacer rampas, ahora toca en el acceso al Ayuntamiento). Llega la hora de comer, dudo donde, pero como si los pies no obedecieran órdenes del intelecto sino instintos que provoca la memoria, llego al Cosmos, en una plaza repleta de mesas ocupadas y entro; una mesa pequeña en el centro de todo el espacio está vacía. Pregunto al camarero si puedo sentarme allí y me dice que solo para comer: ¡claro!, es lo que quiero; y no tanto por el hambre que está quieta sino por no tener que comer después si el hambre despierta y corre el peligro de no encontrar donde aquietarla, pues ahora los restaurantes y bares levantan cocinas a una hora determinada (yo no creo que lo hagan porque les moleste seguir con fogones encendidos sino por las horas extras de salarios que ya para los pequeños son altos). Me siento en medio del comedor lleno observo. Ahora ya no soy tanto flâneur sino curioso por las costumbres cambiantes; observo, pues, a la familia de dos niños, los padres y abuelos, que en cuanto no llega la comida cada uno habla y escucha por su cuenta más aisladamente de lo que estoy yo, solo, pegados a móviles que son apósitos de su falta de comunicación común. En la mesa de al lado, una pareja que parece matrimonio sin mucha platica más que la espera desespera por los calamares que ¡al fin! llegan y que son objeto de que ¡al fin, también! se muevan sus bocas. Sin girarme veo con el cogote gracias a las orejas la pandilla al fondo que rivaliza con el sonido alto de la televisión (cuán alto hablamos los españoles!), y observo mas y más figuras humanas que cada uno es un mundo. Me gusta, a veces, comer solo para hacer este ejercicio de sociólogo mínimo, sobre todo si es en un lugar donde no corro riesgo a que se me acerque un conocido preocupado por mi soledad a darme la chapa, solo chapa, de esa que te hace clamar “no me quites mi soledad si no me das tu compañía”. Una copa de vino tinto y media tortilla de patata del Cosmos, con pan, claro, el pan nunca puede faltar, es como puro descanso del guerrero, un placer descomunal. Me voy, cojo el coche rumbo a Playa América, a esperar a mi amada compañera, y para combatir los ecos del sinsentido que leo en modas tan absurdas como el “rembort” o los “Theriam” e incluso en la cantidad de mascotas sustitutas de hijos, reemplazo natural humano, tomo el libro que estoy leyendo hoy, y disparo mi emoción hasta el centro de lo que importa. Es C.S.Lewis y “Una pena en observación”, obra de amor, de dolor y de confrontación con Dios. Un párrafo del libro, ya al final del mismo, para acabar esta crónica autobiográfica y darle algo de valor: “A veces, Señor, se ve uno tentado a decir que si hubierais querido que nuestro comportamiento fuera como el de los lirios del campo, nos habríais dado una organización más parecida a la de ellos. Pero supongo que esto es simplemente vuestro gran experimento. O no; quizás no sea un experimento ya que no tenéis necesidad de confirmar nada. Mejor sería decir que es vuestro gran proyecto; crear un organismo que sea espíritu al mismo tiempo; crear esa formidable paradoja que es el ‘animal espiritual’. Coger a un pobre primate, una bestia con los nerviosa flor de piel, una criatura cuyo estómago pide ser saciado, un animal reproductor que necesita a su pareja, y decirle: ‘Venga, y ahora conviértete en un dios’.”