Y no sé exactamente de qué van sus reivindicaciones, pero por tradición las intuyo justas y necesarias, esto último tal como dicen sus pancartas habida cuenta de la irrupción de más competencia fuera de nuestras fronteras. No se puede no estar con un sector que todos sabemos como curra y en qué condiciones, produciendo normalmente lo que intermediarios y demás agentes de la industria multiplican por lo que no nos imaginamos, y a ellos la miseria. Además, estoy con ellos porque no me olvido de tiempos de pandemia donde en la distopía más real que la vida misma estábamos todos tan acojonados que ellos tranquilizaban nuestra voraz hambre de seguridad por llevarnos a la boca lo que nadie sabe extraer de la tierra si no vive en el campo y lo trabaja; ellos fueron postes para agarrarnos en el mareo que nos metió en el cuerpo una vida imaginada entonces sin transportes ni materias primas, ni manduca para mantenernos. Sí, estoy con estas personas cuyos rostros dibujan la dureza de su día a día trabajando la tierra, y con los tractores, por supuesto, las herramientas que los urbanitas ni siquiera conocemos por contacto directo y son indispensables para ellos. Que sí, coño, que no puede ser que aquí se les exijan condiciones y controles de calidad inasumibles mientras se abre la puerta de par en para a productos desde Asia hasta África, y que ahora se quieren pasar también por Mercasur, que Dios sabe en qué condiciones llegan y cuáles sus controles. Parece que no queda más remedios que no sólo ordenar la geopolítica del territorio sino de los mercados con mayor racionalidad y protegiendo a los lugareños más cercanos y próximos.