Bueno, o malo, parece que hay un movimiento nuevo que reúne a personas que ya no quieren leer. Dicen que por falta de tiempo, o ganas, o porque les cuesta comprender un texto, el caso es que acuden a la IA para que esta les resuma el libro que le impone el maestro o profesor de turno, o el expediente que tienen que cubrir en el curro, o, simplemente, para obtener el conocimiento que procura el leer bien resumido por ese nuevo aliado que todavía no se sabe hasta que punto puede ser positivo o al revés; el tiempo lo dirá. Mientras conozco esta nueva realidad del movimiento anti-lectura, revuelvo el pensamiento en torno a una reflexión de Chesterton: “Nada tiene importancia excepto el destino del alma, y si la literatura se redime de la absoluta trivialidad es porque no describe el mundo que nos rodea, ni los objetos que capta la retina de nuestros ojos, ni el enorme fárrago de las enciclopedias, sino cierta condición que puede alcanzar el espíritu humano”. ¡Cómo no querer leer, pues, para poder alcanzar el espíritu! Cada cual que se mueva hacia donde quiera, pero cuando miro hacia una mesa como la de la fotografía, donde una lámpara da luz a los libros que esperan nuevo destino, me tambalea el espíritu hasta la compasión por quienes no abren una página de literatura.