Pepe vigilaba la calle envuelta de ruido y suciedad por mor de la juventud que campaba por la licencia de apertura dada al local de Beny. Allí encontró a Elisa, sentada sobre un taburete de los que había sacado a la calle el bar que seguía abierto a pesar de no tener licencia nocturna. Pero es igual, cuando el desorden comienza no hay nadie que le ponga el cascabel y pare la fiesta, que es solo fiesta para ellos, los jóvenes, porque lo que es los mayores, fuman en pipa o están hasta las tetas de aguantar este timo; porque habían comprado o alquilado un piso céntrico para vivir como vive cualquiera que tiene en su hogar un lugar de descanso y libertad. El descanso se lo había sacado la irrupción de este negocio que abría de madrugada y que nadie vigilaba para que no molestase en su explotación a cualquiera que fuera vecino de ese entorno. Elisa estaba sentada porque no podía dormir, pero no por una causa endógena sino por la puñetera razón del ruido, escandalera, que metía la discoteca y la peña que entraba y salía durante la noche constantemente. Ella había bajado con una intención, la de ver pasar a algún responsable municipal para meterle un hostión de los que se comentan medio siglo después Así Pepe quedó pendiente de la calle y del hostión que en cualquier momento le caería a algún mamarracho connivente con el negocio y cabrón con los vecinos que viven ya la pesadilla de que los párpados se levantan cuando llega el tumulto a los pies de su casa. Si cae ese hostión lo diremos, pues nada mejor que ver la mejilla reventada al que revienta el sueño de cualquiera.