Por José Rivela, el cronista apartado
Valle Inclán no merecía este sarcasmo de madrugada. Se llama Desorden, y, mira tú qué exactitud infernal, porque el Ayuntamiento de Ourense ha decretado que el desorden vuelva a casa. Con su habitual clarividencia de despacho y zumbido, han permitido que en plena calle Valle Inclán —esa que fue del genio y del verbo— se abra una discoteca que ya antes había sido clausurada. Y así, con un golpe de firma y un bostezo, han convertido el sueño de los vecinos en tambor, la noche en botellón y el descanso en delito.
¡Oh, magno consistorio, que confundes silencio con silencio administrativo! ¡Oh, virtuosos del expediente, que llamáis progreso a los decibelios y cultura al estrépito! Las ventanas tiemblan, los techos vibran, y las cunas bailan el reguetón de la desidia. La Ourense que un día fue de poetas ahora suena como un mal altavoz: distorsionada, hueca, reventona.
Más de sesenta familias han pasado de rezar a San Sueño a invocar a San Tapón, mientras el Ayuntamiento, en lugar de poner orden, les predica paciencia. Gobernar, señores, no es subir vídeos ni firmar decretos a compás: es cerrar la puerta al ruido y abrirla al descanso. Pero ustedes, embriagados de su propio eco, han decidido bendecir el estrépito con licencia municipal. Si el local se llama Desorden, su decreto es Desvarío. Si el negocio promete música, ustedes regalan insomnio.
Lo que era calle se ha vuelto tambor; lo que era ciudad, verbena; lo que era gobierno, comparsa. Y los vecinos, que aún conservan dignidad y sueño, solo piden una cosa sencilla: dormir. Dormir en paz, como se duerme en las ciudades que se respetan. Porque esta Ourense, que fue noble y de letras, no quiere más decibelios sino decencia.