El descenso de la muerte
(José Rivela)
Robert Redford desciende una montaña nevada con la solemnidad de quien baja una escalera de mármol en la ópera de Viena. No hay en su gesto ni una gota de sudor, ni una pizca de humanidad: solo estilo, velocidad y ese aire de héroe nórdico que parece esculpido por el viento. El título de la película —El descenso de la muerte— podría parecer excesivo si no fuera porque uno intuye que lo que muere ahí, en esa carrera perfecta, es algo más que el esquiador. Es el alma, o tal vez el entusiasmo, que se estrella contra la pista mientras el cronómetro sonríe.
La película de Michael Ritchie —una rareza exquisita de 1969— no trata de esquí, ni de montañas, ni siquiera de deporte. Trata del hombre moderno que ha olvidado para qué compite. Redford encarna a ese ser tan pulido y tan solo que parece recién salido de una fábrica de relojes suizos. Corre porque puede; gana porque los demás pierden; y cuando por fin levanta la copa, nadie sabe muy bien si está celebrando algo o si simplemente se está comprobando el pulso.
Hay en El descenso de la muerte una frialdad geométrica que recuerda a las catedrales del capitalismo. Las pistas blancas, los trajes relucientes, los flashes, los patrocinadores: todo huele a triunfo sin alegría, a éxito sin aplauso. Y Gene Hackman, en su papel de entrenador, observa al muchacho con la misma desesperanza con que un maestro contempla a un alumno brillante que no ama nada.
El protagonista es “un hombre de acción en una época de aburrimiento”. En los Alpes se derriten más glaciares por la indiferencia que por el cambio climático.
El descenso de Redford no es hacia la gloria, sino hacia el vacío. Baja más deprisa que todos, sí, pero a ningún sitio. Su victoria tiene la textura del hielo: transparente, fría y efímera. Al final uno se pregunta si no habría sido más heroico perder, detenerse, mirar atrás y reírse un poco de tanta seriedad. Pero el héroe moderno no puede reír. Solo gana. Y ganar, cuando no se ama nada, es una forma muy elegante de morir.