La próxima peli del ciclo de Copola. Peggy Sue, la muchacha que viajó al pasado sin billete de ida y vuelta
Por José Rivela Rivela, el cronista apartado
No hay nada más español —aunque la película sea norteamericana— que arrepentirse de lo que uno ha hecho, y al mismo tiempo arrepentirse de lo que no ha hecho. Ahí aparece Peggy Sue, una señora con peinado ochentero y decepciones matrimoniales que, de pronto, en vez de ir al psiquiatra o al notario, decide desmayarse y despertar en los años sesenta. ¡Y qué sesenta! Con esos chicos peinados a lo brillantina y esas chicas que todavía no sabían que iban a inventarse la liberación femenina ni la crema baja en calorías.
A Peggy Sue le ocurre lo que a cualquiera de nosotros cuando volvemos a nuestra aldea natal después de veinte años: de repente, todo nos parece más pequeño, más ingenuo, más ridículo… salvo nosotros, que seguimos siendo igual de ridículos, pero con una experiencia que no sirve para nada. Ella trata de advertir a su novio de que no se case, de que no monte la empresa, de que la vida será un lío. Pero, claro, ¿qué muchacho de dieciocho años hace caso a una señora que parece su novia pero habla como su suegra?
La película tiene algo de auto sacramental y algo de comedia ligera: lo primero porque se plantea la eterna cuestión de si cambiaríamos nuestro destino si pudiéramos volver atrás; lo segundo porque Nicolas Cage aparece con una voz tan extraña que uno no sabe si está declamando a Shakespeare o cantando en un karaoke.
En el fondo, Peggy Sue se casó nos recuerda que todos llevamos dentro un viajero en el tiempo: ese que, al pagar la cuenta en un restaurante caro, piensa: “¡Ay, si hubiera pedido el menú del día!” O ese otro que, al encontrarse con su amor de juventud en el mercado, piensa: “Quizás debí casarme con ella… o quizás debí casarme con la pescadera, que por lo menos regala perejil.”
Coppola, director de mafiosos y de junglas vietnamitas, aquí se dedica a dirigir peinados, vestidos de fiesta y canciones de instituto. Y lo hace con una seriedad que espanta. Porque si algo no tiene remedio en este mundo es el tiempo perdido: no lo devuelve ni el más ilustre de los cineastas ni el más simpático de los guionistas.
De manera que Peggy Sue se casa, se descasa, se vuelve a casar, se desmaya, despierta y, al final, acaba donde todos: en el presente, que es el único lugar donde no queremos estar.