El sábado fui a París, mejor dicho al París, bar de “los Vinos” donde se toman buenos pinchos al precio razonable de una economía media. Tal como me cuentan algunos amigos míos, que lo son también de doña Restauración Culinaria, con la media de comensal que ellos pagan nosotros comimos parte de la familia, cinco en particular. La diferencia salta a la vista de cualquier bolsillo que aprecie un roto propio. Pero yo no quería hablar de precios ni comparar sitios para comer sino simplemente el paso por entre obstáculos que tiene uno que salvar para llegar al lugar de comer. Está tomada la calle por sillas y mesas, hasta el punto de que para pasar en algunos puntos tiene uno que esperar a que pase la fila india de otra familia que se cruza en el trayecto. Ya no bastan los veladores que estrechan la calle de inquietud por una urgencia posible que se pueda dar, sino que ahora también se han incorporado los expositores de menús estatuas de yincana a sortear. Esto no tiene límites, das el dedo y te amputan el brazo, sin vislumbrar que por ello se mata el futuro del cuerpo. Por supuesto, las responsabilidades políticas deben fijarse en estos inconvenientes para el paseo necesario de los vecinos que no pueden o no quieren consumir en casa ajena, porque mirar para otro lado es renunciar a ordenar la mejor convivencia en la ciudad. Las terrazas suplantan con poco, demasiado poco, los interiores de bares y cafés que invierten mucho para alojar conversaciones y lecturas, amén de sempiterna acción de ligar y tomarse un trago que refresque un pesado día, locales que en su interior reposa una gente, hoy minoritaria, para lo que no todo en la vida es comer y tragar, y tragar y comer cual propósito final de una vida, más propio de animal que de persona. La suciedad y el vuelo de las ratas voladoras que planean sobre los restos de una levantada en la mesa sin recoger, son consecuencias de una anarquía de toma del espacio público que salta a la vista. Y a la vista está.