Dejando atrás ya el tiempo estival, aunque no la propia estación sino la mentalidad de arena y mar, he vuelto a pasear a las riberas del río, ahí donde se matan pensamientos oscuros por mor de las endorfinas que el movimiento del cuerpo provoca, donde el peso se controla mejor gracias a las calorías consumidas, ahí donde el tiempo comparto con el o los amigos de salida cuando no de radio. Lo de la radio con su auriculares es un arma de doble filo, pues si bien te acompaña y cuenta cosas a veces muy interesantes, por otro lado te nubla la mirada más limpia sobre el paisaje y las personas que ves en él. Así, ayer mismo vi y me encontré con un conocido que cojeaba ostentosamente allá por el Tinteiro. Su voluntad tira de su incapacidad física derivada de un ictus que le paralizó la parte derecha hasta que, con suerte, rehabilitación dura y la mencionada voluntad puede continuar a sus 74 años fotografiando lo que se encuentra en el camino. Después vi a este hombre haciendo yoga frente a las aguas y saludando a un sol que ayer no se dejó ver al entrometerse las nubes, al menos a esa primera hora de la mañana. Vuelvo al río y parece el mismo que dejé ayer pese a Heráclito, a sabiendas que ni él ni yo somos los mismos que la última vez. Pienso en estas cuestiones antes que en la desesperanza que me produce la actualidad mundial, europea y nacional, donde encontrar honradez en la clase política es tan difícil como trataba de encontrar Diógenes a un hombre honesto cuando caminaba con una linterna en su busca.